viernes, 4 de octubre de 2013

Los protocolos de los ignorantes de mierda






Estábamos hablando con mi amigo Floripondio acerca de un tercero que conocemos ambos, qué mal. Pero bueno, bien, elogiando la cultura enciclopédica (posta) que tiene el tipo y otras cosas.
Floripondio encontraba en nuestro conocido (llamémoslo sin tapujos X) un sólo defecto.
Bajó un poco la voz y me lo dijo:
—No sé si sabés, X es judío.
Yo sabía que X es judío. Capaz Floripondio pensaba que no porque el apellido (sefaradí) no termina en osky ni en of ni en ing ni en ninguno de esos sufijos que la gente identifica con los apellidos hebreos.
Ahí arrancó larga discusión sobre prejuicios y todo eso. Anochecía. Pintó whisky bueno (para un bebedor de blenders del chino) y a Floripondio le pintó confidencia. Bajó otra vez la voz para hablarme de un libro que contenía todas las explicaciones sobre la astucia, la maldad y la ambición de los judíos a lo largo de la historia. Se ofreció a prestarme un ejemplar que guardaba en algún lugar de su casa. Le respondí tres cosas.
a) que ya conocía ese libro.
b) que se fuera a la concha de su madre si se había tragado un discurso tan ingenuo y autoincriminatorio.
c) que leyera el próximo posteo de interpósitapersona.


La historia empieza muy atrás, a principios del siglo XIV, cuando Felipe IV de Francia ordena la destrucción de los templarios y el papa Clemente V ordena la hoguera para el último gran maestre, Jacques de Molay. A partir de ese momento se generan y retroalimentan todo tipo de versiones acerca de la supervivencia clandestina de la orden, que incluso llegan hasta hoy. Pero nosotros nos desviamos en 1614, cuando aparecen los Manifiestos Rosacruces, en los que autores anónimos afirman integrar una sociedad secreta que recoge el legado de los templarios (custodia del santo grial, de los arcanos del templo de salomón, etc.). Los rosacruces, por razones que no viene al caso detallar, irrumpen en el imaginario colectivo con un magnetismo tan fuerte como escurridizo.
En 1789 un oscuro religioso francés, el abate Agustín de Barruel, escribe un librito llamado Mémoires pour servir à l’histoire du jacobinisme, en el que afirma que después de la muerte de Jacques de Molay los templarios se unieron a los masones en una sociedad secreta para destruir la monarquía y la iglesia, e instaurar una república mundial. Estamos en Francia, siglo XVIII. Barruel dice que los referentes de esa sociedad secreta se llaman Voltaire, Condorcet, Diderot. Y que a su vez están controlados por otra organización aún más secreta, Los Iluminados de Baviera, cuyos conductores sí que son diabólicos, regicidas y sobre todo, desconocidos.
Hasta aquí, como se ve, de judíos nada.
Caída la república, Napoleón se interesa por esa secta clandestina, supuestamente tan poderosa, y manda a investigar. Sus informantes no hacen otra cosa que resumirle el libro de Barruel, adosándole las opiniones de un tal capitán Simonini, que relacionaba a templarios y masones con Manes (judío persa fundador del maniqueísmo) y con el mítico Viejo de la Montaña. Se cree que en realidad Simonini estaba preocupado por las crecientes vinculaciones de Napoleón con la burguesía judía francesa. El emperador no da demasiado crédito al informe. Más bien lo oculta, temiendo las reacciones populares en caso de hacerse público.
Pero las versiones comienzan a circular por Europa, y les caen perfectas a los jesuitas romanos preocupados por las ideas anticlericales de Garibaldi y de los Carbonarios, una sociedad secreta ligada al Risorgimento italiano.
Los jesuitas retoman la idea del complot judeomasónico. Los anticlericales responden difamando a los jesuitas.
La literatura se mete de cabeza en el asunto.


El folletín por entregas y las teorías conspirativas están en su momento de gloria. Es la época de Alejandro Dumas.
Semanarios y mensuarios de ambos bandos (jesuitas y anticlericales) se bombardean con historias que no son más que variaciones de una misma: el malo es el otro.
Las más influyentes son El judío errante, del francés Eugène Sue, donde los que aspiran a dominar el mundo son los jesuitas; y Biarritz, del alemán Hermann Goedsche bajo seudónimo sir John Retcliffe, que plagia al Joseph Bálsamo de Dumas pero en vez formar el cónclave de Superiores Desconocidos con Cagliostro y compañía los reemplaza por representantes de las doce tribus de Israel —que intentan conquistar el mundo guiados por el Gran Rabino.
Todo, absolutamente todo, literatura.
En 1873 Biarritz se publica en Rusia. Le cambian un toquecito el título: Los judíos, señores del mundo. Agregan un prólogo en el que afirman que se trata de una crónica verdadera proveniente de una fuente chequeada, el diplomático inglés sir John Readcliff.
Ahí ya es todo un quilombo. La cumbre masónica de Dumas se mezcla con el complot jesuita de Sue. Nace una versión conocida como El discurso del Gran Rabino, que también muta y muta y muta.


El lugar exacto en el tiempo indicado. Pëtr Ivanovich Racovsky, jefe de la funesta Okrana (la policía secreta del zar), antiguo terrorista de extrema izquierda y derecha, decide hacerle un favor a su jefe político, el conde Serguéi Witte, que soportaba la fuerte oposición de un noble llamado Elie de Cyon. Racovsky manda a registrar la casa y encuentra un texto manuscrito en el que Cyon había copiado párrafos de El judío errante, de Biarritz, de El discurso del gran Rabino y de otros folletines, poniendo siempre a los judíos como los malvados. Un ejercicio de plagio como tantos.
Pero Racovsky la vio clarísima. No importaba que Cyon no fuera judío. Lo importante era que sonaba a judío. Y que, exponiendo los planes judíos de dominación del mundo, se autoincriminaba. Sólo faltaba un título. Racovsky supo cómo hacerlo.
Los protocolos de los sabios de Sión, un texto de una ingenuidad pasmosa, con serios errores gramaticales, fue libro de cabecera de Hitler, y aún funciona como fuente referencial del antisemitismo.


Además de ilustrar el estimado Floripondio sobre la cagada de creer en ese libro (ponele que seas antisemita; sélo con argumentos) tuve ganas de resumir esta historia por una razón menos pedante.
Es un lugar común decir que la literatura se alimenta de la realidad y nos la devuelve filtrada por las tripas de cada escritor.
Todo el recorrido hasta la génesis de Los protocolos de los sabios de Sión es uno de esos casos de manual, que verifica que a veces (acá de un modo bastante choto) la realidad también se alimenta de la literatura.





la realidad sigue siendo infumable pero la smowing sigue sacando discos. sube con 113 reproducciones vamos putos que hasta las 200 no paramos









viernes, 30 de agosto de 2013

Los putos primos






Todos sabemos que primos son los números naturales mayores a 1 sólo divisibles por 1 y por sí mismos, y que han sido desde siempre una espina para la matemática.
Aunque se los ha estudiado con cierta profundidad todavía quedan muchas cuestiones sin respuesta. La más inquietante de todas es la absoluta irregularidad con que aparecen en la tabla numérica. 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23 y así hasta el último descubierto (más de 17 millones de dígitos), nunca nadie ha podido establecer un patrón de aparición medianamente lógico. Algunos incluso llegaron a cometer la pérfida apostasía de sugerir que no había patrón alguno.
Pero en 1859 el matemático alemán Bernhard Riemann demostró que los ceros de cierta función de los primos (los conocidos al menos) se distribuían en el conjunto de los números naturales con un patrón indiscutible. La fórmula es compleja pero la representación gráfica llamada paisaje de Riemann es contundente: los ceros de la función Z caen la parte más baja del valle de la curva, espaciados uniformemente a lo largo de una línea recta que llamó recta mágica. A partir de ese descubrimiento Riemann formuló una hipótesis. Y les voló la cabeza a varios.
Muchos se pusieron a hurgar los primos con la esperanza de refutarlo. Uno de esos muchos fue el inglés Alan Mathison Turing.
Después de estudiar cálculo de probabilidades y análisis algorítmico en el King’s College de Cambridge (ganó el Smith Prize en 1936 por un trabajo llamado Sobre la función de error de Gauss), sabía que su objetivo podía llevarle décadas. Entonces decidió usar algunos años para elaborar un artefacto que le permitiese factorear cifras cada vez más grandes, lo que redundaría a la larga en un inmenso ahorro de tiempo. Como no tenía los medios para construir una máquina física concibió una máquina teórica, una suerte de cinta virtual compartimentada que podía recibir infinitas entradas binarias y arrojar resultados combinatorios.
Todos sabemos que en 1939 estalló la guerra. El gobierno inglés también sabía en qué andaba Turing, y lo llamaron para desencriptar mensajes del ejército alemán.
Con todos los medios de la corona a su disposición Turing fue artífice fundamental de la construcción de la primera Colossus, la máquina electrónica que según Churchill “acortó la guerra 18 meses” al permitir a los mandos aliados conocer detalles de movimientos de tropas, suministros etc. El desembarco del ejército norteamericano, por ejemplo, fue proyectado en las costas de Normandía porque se descifró que Hitler lo esperaba en Calais.  Las Colossus (fueron diez, la primera de 1500 válvulas, las otras nueve 2400) son consideradas las primeras computadoras dignas de esa denominación. Sus rollos perforados guardaban tantos secretos que al final de la guerra se destruyeron ocho.
Nueve años después, en 1954, Alan Turing murió en circunstancias bastante turbias. Aunque en el ambiente de elites universitarias la homosexualidad no era mal vista, la ley inglesa la consideraba una tendencia enferma y delictuosa. Turing denunció a un joven de 19 años que le robó un par de cosas de su casa. No dijo que era su amante pero la policía sospechó y le tendió una trampa, obvio un chongo que lo sedujo. El caso llegó a juicio, generó revuelo en la comunidad científica y en la sociedad. En consideración a su prestigio y aportes patrióticos le dieron a elegir: la cárcel o un “tratamiento hormonal para reducir la libido desviada”. Turing eligió esto último y comenzó a someterse a inyecciones de estrógenos que causaron efectos humillantes en un hombre de cuarenta años que siempre había sido deportista.
Junto con el crecimiento de los pechos y la disfunción eréctil apareció la depresión. Se fue volviendo cada vez más ermitaño y hostil y el gobierno inglés (para quien aún trabajaba) comenzó a preocuparse por su estado emocional. Además de homosexual se lo consideraba inestable, con tendencia a la depresión severa. Lo preocupante era que tenía muchos amigos extranjeros, y conocía secretos de estado cuya divulgación se consideraba de sumo riesgo.
Alan Turing amaneció muerto el 7 de junio de 1954. Sobre la mesa de noche había una manzana a la que le faltaba un solo mordisco. La manzana estaba tan impregnada de cianuro que un solo mordisco bastó. El veredicto oficial fue suicidio. Algunos familiares y amigos dudaron, otros directamente hablaron de asesinato. Cincuenta y cinco años después, en 1999, la revista Times elaboró una lista de los 20 hombres y mujeres más influyentes del siglo que terminaba. Turing figuraba en ella, al lado de Einstein, Gandhi, Lennon, Castro y los otros.
La máquina HAL de Clarke en 2001, la MULTIVAC de Asimov en La máquina que ganó la guerra, son recreaciones de la máquina de Turing, cuya influencia literaria atraviesa toda la ciencia ficción, el cyberpunk, y llega hasta la mismísima poesía. En 1960 se constituyó en París el grupo OULIPO (acrónimo de Ouvroir de Littérature Potentielle) autodenominado vanguardista y opuesto al dadaísmo. Los oulipistas, guiados por Italo Calvino, Marcel Duchamp y Raymond Quenau, buscaron nuevas estructuras formales en la poesía aplicando restricciones matemáticas como el test de Turing, la cinta de Moebuis o los fractales de Mandelbrot. Los resultados son tan engorrosos como las propias fórmulas.
En sus últimos años Alan Turing trabajó básicamente en criptografía, y abandonó el proyecto de los números primos.
La hipótesis de Riemann sobre la función Z aún no ha sido refutada y se la da por certera. La naturaleza infinita de nuestra representación del universo (por consiguiente de la numeración) determina que siga siendo sólo una hipótesis.





y el mundo deja de ser horrible por ocho minutos cincuenta y cuatro segundos





viernes, 9 de agosto de 2013

Cafiaplus







Gado nació en Wanda, una pequeña ciudad de Misiones, hace unos cuarenta años. Ahora Wanda tiene unos veinte mil habitantes, entonces no habrá tenido más de diez mil. Ahora Wanda (está a 30 km de las cataratas y a 70 de la frontera con Brasil) es una ciudad dizque turística, con una industria artesanal de piedras semipreciosas, lodges de pesca sobre el Paraná, prostitución de niñ@s, oferta de drogas y demás servicios. Pero entonces la industria de las piedritas recién despuntaba, el turismo en general no era tan masivo, y el pueblo vivía de la deforestación de algunas especies, la forestación de otras, y de las plantaciones de yerba mate.
A la vuelta de la casa de Gado estaba la selva. Era como un patio donde los chicos cazaban bichos y a veces los bichos cazaban chicos. Un hermano de Gado, sin ir más lejos, murió picado por una víbora que llaman queimadora. A nadie le importó mucho. Aunque el padre no estaba casi nunca, igual la madre paría todo el tiempo.
Con los años empezaron a llegar turistas que hablaban otros idiomas. Gado aprendió palabras sueltas en varios, pero a esa altura ya hablaba bien dos lenguas: la materna (español) y otra digamos televisiva (portugués). Veían cuatro canales, el 12 de Posadas y tres brasileros.
Gado tuvo que aprender a defenderse. Era el menor de la banda y además era pequeño para su edad. Durante mucho tiempo defenderse significó aguantar. Hasta que un día apareció Dudú, un negro viejo y grandote que se ofreció a enseñarle otras formas.
Eran las formas del jiu jitsu brasileño, una derivación del arte marcial japonés que incorpora elementos del kendo y el kick boxing, y que consiste básicamente en llevar la lucha cuerpo a cuerpo al suelo, anulando las ventajas de contextura física entre oponentes. El maestro Dudú había alcanzado el cinturón rojo y negro (faixa coral) y como docente aplicaba un método que podía resumirse así: a más dolor mejor aprendizaje. Nadie sabía nada de su pasado. Obviamente se comentaban muchas cosas.
Gado entregó su alma y su cuerpo esmirriado al jiu jitsu. De esa época le viene el sobrenombre, de cuando lo tiraban feo y quedaba luxado en el piso (de hecho hay llaves de luxación) y el maestro detenía el lance al grito de ssssstragado, ssssstragado.
Pero Gado fue creciendo y haciendo fierros y cada vez lo estragaban menos. Empezó a competir en el circuito provincial de vale todo, una disciplina que consiste en enfrentar dos oponentes dentro de una jaula, y que cada cual use las técnicas que le parezcan más eficientes para noquear al adversario o hacerlo golpear tres veces la lona con sus palmas, indicando abandono. A los dieciocho le tocó la colimba y se quedó en el ejército. Vivió en Tandil, Comodoro, Mendoza, Río Gallegos y otras ciudades. Petiso, morrudo, morocho de ojos achinados, Gado se convirtió en una leyenda del vale todo argentino. Lideró los ránkings durante años, paseó su apodo looser por jaulas de toda latinoamérica. Económicamente no hizo diferencia. Las bolsas en esta parte del mundo son insignificantes al lado de por ejemplo las yanquees.
Cuando se instaló en Paraná conoció a una mujer que lo hizo padre y decidió largar el ejército, porque le “pagaban una mierda por no tener secundario”. Ahora tiene a esa mujer, una hija de cinco años y una mastín napolitana más buena que un hámster.
Hasta donde sé, con Gado tenemos una sola cosa en común: los dos fuimos adictos a la cafiaspirina plus, la versión recargada de la vieja y querida pepa de bayer. Él la tomaba con red bull antes de ir a entrenar, yo con whisky para prevenir la resaca. La dejé porque estoy en un programa de reducción alcohólica y ya no la necesito. Él la dejó porque le “estaba haciendo un cráter en el estómago”. Ahora para entrenar toma dos latas de sobe rush, un energizante según dice superior porque tiene guaraná. Antes de las peleas sigue tomando efedrina, la consigue por izquierda en una casa de deportes que omito nombrar porque conozco a los dueños.
Por lo demás cada vez que nos encontramos estamos en bandos opuestos. Él detrás del mostrador de balanzas de la verdulería del coto, yo del otro lado pasándole mis bolsas con naranjas, manzanas, mandarinas. Mientras pesa y pega tickets me cuenta que ganó un torneo en Rosario, que el fin de semana tiene otro en Florencio Varela, que su hija le pidió que deje de pelear y que lo está pensando, porque con los años cada vez le cuesta más recuperarse del dolor.







eugenia brusa y los bombones de murano hacen un clásico del acuífero guaraní. se escucha para el orto pero la versión compensa.



sábado, 20 de julio de 2013

Al lado del que come más chorizos







Justo donde la Sierra Morena se funde con la llanura, sobre una curva del Guadalquivir, se levanta el pueblo de Montoro. Por sus diez mil habitantes figura en los mapas como ciudad, pero es un pueblo típico andaluz de casas blancas y calles empinadas, rodeado de olivares.
En Montoro, el 30 de junio de 1931, nació Manuel Terrín Benavídes.
De padres pastores, estudió electrónica en la vecina ciudad de Córdoba y se empleó en el Ejército del Aire, la división aeronáutica del ejército español. Se casó, tuvo dos hijos, se jubiló, tuvo nietos, etc.
Su vida podría haber sido una más, una de tantas, si no fuera porque cerca de los treinta años comenzó a interesarse por la poesía. El interés no se concentraba solamente en el goce estético, sino también en los aspectos técnicos del artificio que produce el goce estético. Estudió el bachillerato en literatura y se puso a escribir. Y a participar en concursos literarios.
Aún así Manuel Terrín Benavídes podría haber sido uno de tantos, uno más de un universo más acotado.
Lo que lo hace singular es que hasta enero de 2013 llevaba ganados 1814 concursos literarios, unos 1400 de poesía y el resto de cuento corto. No es descabellado suponer que a la fecha haya reunido algunos premios más, quién sabe algunas decenas.
Empezó a participar en certámenes antes de cumplir cuarenta años. Desde entonces ha venido arrasando a un ritmo que fluctúa entre 14 premios el año que menos ganó, y un record de 81 en 2008. Aunque esta cifra parezca exagerada (aunque realmente lo sea) debe tenerse en cuenta que si bien no hay un registro fiel, se calcula que se organizan anualmente unos 30.000 concursos en España y Latinoamérica.
Las paredes y estanterías de su casa en Albacete están atestadas de estatuillas, trofeos, medallas, plaquetas, diplomas. Dice que ha ganado concursos donde el premio era un papel firmado por profesoras de secundario, y una vez uno con una dote de 50.000 euros.
Terrín prefiere los poemas a los cuentos, las métricas duras al verso libre. Escribe en una vieja Hispano Olivetti, no tiene computadora, y un grupo de amigos se dedica a buscar e imprimirle bases. Gracias a los concursos que premian con edición lleva publicados 24 libros de poesía y 6 de cuento corto. Algunos títulos: El alba de los cisnes, Sonetos, Balada bajo la lluvia, Al caer la tarde, Crónica peregrinante, Derrotada ternura.
El hecho de que semejante currículum no lo haya instalado como un referente de la poesía española pone en tela de juicio el criterio y el valor artístico de los concursos literarios. Por otra parte la compulsión de concursar y la facilidad para ganar le han acarreado críticas (tecnicismo vacuo, trivialidad ornamentada) y acusaciones, sobre todo de autoplagio (cambiar un par de palabras para competir varias veces con el mismo texto). Incluso un grupo de escritores que obtuvieron premios secundarios han constituido la ADT, Asociación Damnificados por Terrín, que se dedica a perseguir al susodicho judicialmente y a menospreciar sus méritos literarios.
Por supuesto a don Manuel le importa tres sorongos. Va a todas las premiaciones que puede, donde en general es tratado como una eminencia. Por supuesto es la antítesis del escritor torturado, maldito y malediciente. Tiene una vida perfectamente burguesa y organizada, y una disciplina de trabajo inquebrantable, que incluye creación, impresión y envío, siempre postal. Además cada año embolsa unos veinticinco mil euros en premios, que según dice son una ayuda para costear gastos médicos de un hijo inválido.
Respecto de su lugar en la historia de la literatura la actitud es algo confusa. Por un lado dice estar orgulloso de que a una calle de Montoro le hayan puesto su nombre, y que espera llegar con salud a los 2000 premios. Por otro lado dice que no concursa para lograr ningún record y que detestaría aparecer en el guinness, por ejemplo, “al lado del que come más chorizos”.






bueno un tip para resistir el invierno. me lo pasó maru botana



sábado, 29 de junio de 2013

Tigre Hotel








A principios de los noventa tuvo lugar un pequeño boom en la literatura argentina. Digo pequeño porque no fue una cosa que la gente hacía cola para comprar libros. Pero sí marcó ciertas pautas estéticas que todavía pueden verse claramente.
Algunos lo atribuyen al clima de estabilidad democrática. Otros a la declinación del realismo mágico y a un corrimiento de la mirada referencial hacia la literatura norteamericana. Otros a un debilitamiento del lastre hereditario que suponía la sucesión de Borges y Cortázar.
Lo concreto es que sucedió. Lo probable es que las causas hayan sido todas esas y también otras más.
Por supuesto la colección emblemática de ese momento de la narrativa argentina es la Biblioteca del Sur de editorial Planeta. Su director, Juan Forn, era y es uno de los últimos representantes de la raza de los literatos.
Biblioteca del Sur publicó a próceres emergentes como Fogwill o Laiseca, una línea intermedia como ser un Sáenz o un Dal Masetto, y sobre todo un verdadero seleccionado de lo que pululaba entonces por ciudad capital: Saccomanno, Fresán, Lañata, Martínez, Gandolfo, Rejtman o el mismo Forn, que eludió sabiamente la falsa modestia y se autoeditó el delicioso Nadar de noche.
También como en toda colección hubo libros y autores que después no trascendieron, por razones que vaya uno a saber pero que (a eso voy) no tienen necesariamente que ver con la literatura.
Un acierto fue el tratamiento formal del objeto libro. Tapas y contratapas blancas, tipografía repetida (parece times pero no es), una ilustración central de tapa que era siempre un dibujo o una foto intervenida “artísticamente”.
Libros muy fáciles de identificar, con el loguito de Planeta grande en el lomo.
Yo si veía uno y tenía plata lo compraba sin fijarme tanto en el autor. La colección en sí misma era un paradigma del modo de escribir de aquellos años, que entiendo preconfiguró voces actuales como las de Ramos, Hecker, Garland, Busqued, etc.


Toda esta disgresión nostálgica viene a cuento de que anteayer temprano, cuando los dos vasos de jugo y los primeros mates me impulsaron escaleras arriba en pos del baño grande, manoteé de la biblioteca un libro de la colección. Tuve incluso dos segundos de gracia para elegir uno de los varios que nunca leí.
Tigre Hotel, de Alejandro Manara.
Lo empecé en la citada circunstancia y anduve con el libro todo el día, fabricándome huecos de tiempo hasta terminarlo, leyendo con felicidad inesperada los dieciocho cuentos.
En Antes de que amanezca en Tapalqué hay un intercambio de parejas oscuro y tramposo. La gentileza de los desconocidos es una metáfora de cómo el arte porteño se coje al del interior. En realidad no muy metáfora. En Dos susqueñas una amistad desigual y ambigua se cristaliza con hechos definitivos.
En No te mueras sin que pueda hablarte:
En el auto quise hablarle de cómo había sido ser su hijo, de qué clase de madre había sido ella conmigo: lo que me había dado, lo que me había hecho ver siendo ella como era. Hace unos años pasé diez meses viviendo en su casa. Las noches en que el desasosiego me desvelaba, cuando nos encontrábamos en la oscuridad del pasillo caminando para que volviese el sueño, ella se ofrecía a calentarme una taza de leche. Buenas oportunidades para sentarnos a hablar, que yo creí tan inagotables como el insomnio y nunca aproveché. Me justificaba diciéndome que aún tenía tiempo por delante. A veces hasta me lo creía.
Episodio al pie de los Montes Dhola Dhar comienza así:
Habían pasado dos años del desembarco en Bombay. Dos años desde que diez mil oficiales italianos habíamos subido al convoy y remontado hacia el norte la línea de ferrocarril que pasa por Delhi y Jullundur. Dos años desde que trasbordamos a un tren pequeño y en él llegamos a Kangra y desde allí en camión hasta Yol. Es improbable que Yol aparezca en el mapa, pero está cerca de Dharmsala al pie de los montes Dhola Dhar, una estribación del Himalaya.
En el último cuento, Un hombre leyendo, el tipo termina de masturbarse en la pileta del baño y sale al patio a leer el diario del domingo. La sección cultural registra la muerte de un tal Raymond Carver. El hombre recuerda un cuento sobre los últimos días de Chejov pero no el título, algo con flores.
En la solapa hay una foto del autor. Tiene unos cuarenta años, pelo negro y piel trigueña. El copyright es de 1993.
Después googleé Alejandro Manara pero no encontré demasiado. Estudió literatura en Inglaterra, tradujo la correspondencia de Joyce con Italo Svevo, y en 1998 publicó un segundo volumen de cuentos, Bebiendo tristes, bailando graves.
También una foto más actual, con el pelo completamente encanecido, aparece en un sitio de citas para solos y solas.





por estos días ginebra bols, flores y este concierto de jack johnson. todo en repeat.



domingo, 19 de mayo de 2013

Justicia es el hábito de dar a cada cual lo que le corresponde
Domicius Ulpiano (Tiro,170 - Roma,228)






CENTRAL ES DE LA A. CENTRAL ES LA A








después de tanto estreñimiento
la lepra arranca con las pepas de carbón.
los amo putos sean tan felices como yo

martes, 14 de mayo de 2013




florencia



1
A las diez de la noche sonó el timbre. Mati pausó la play para atender. Tres amigos con pizzas y cocas.
Comieron jugando al pes y hablando al pedo.
Después Mati sacó su lata de la heladera, abrió la tapa y empezó a desmenuzar flores de un cogollo.
Armó dos gordos. Fumaron los cuatro.
Dos bajaron al kiosco a buscar fernet y más coca.
Hablaron, jugaron al guitar hero, subieron al face videos de mountain bike. Fumaron otra vez, pusieron artic monkeys, se fueron quedando dormidos.


2
Al otro día en la zapatería Fran preguntó por qué la cara.
Mati dijo que se había quedado hasta tarde con unos amigos. Y con florencia.
Fran dijo ah Florencia.
Sí florencia dijo Mati.
Llamaron desde la sucursal de la peatonal pidiendo unos pares. A Fran le tocaba y salió puteando.


3
Empujó la puerta de blindex, saludó a Florencia, siguió hasta el depósito.
Esteban le recibió las cajas. Fran le contó que Florencia había pasado la noche con Mati y otros vagos. Esteban abrió los ojos grandes y se frotó las manos.


4
Fran se fue. Atendieron unas clientas.
Sin apuntar al centro Esteban empezó a tirar.
Al tercer o cuarto dardo Florencia se dio cuenta y lo miró mal.
El siguió, apuntando cada vez mejor.
Ella se hartó y le dijo que te pasa nene te está pegando mal el faso.




La banda marplatense de indie electrónico Altocamet en un video con el team de nado sincronizado The Brooklyn Peaches. Tan azul.




domingo, 5 de mayo de 2013


El señor de las runas, el bardo del reich, el rasputín de himmler




Nacido en Viena en 1866, Karl María Wiligut decía tener el don de la clarividencia retrospectiva; en su caso se remontaba hasta al año 228.000 a.c.
Por aquellos tiempos, contaba Wiligut, la tierra estaba iluminada por tres soles y habitada por tres tribus que luchaban constantemente por el poder: enanos, gigantes y germanos.
Los enanos tenían la astucia y la codicia. Los gigantes la fuerza y la malicia. Los germanos la capacidad de acumular conocimiento.
150.000 años después (78.000 a.c.) la unión de los dioses del aire y del agua engendró la casta germana de los Wiligotis, que se impuso sobre las otras tribus y estableció un reino de paz y gloria basado en la religión irminista.
Los irministas manejaron en secreto los destinos del planeta por casi 80.000 años, hasta que el traidor Carlomagno logró imponer el cristianismo.
Karl María obviamente era el último heredero de la casta Wiligotis.
Por supuesto los exégetas irministas habían dejado el mundo lleno de secretos y pistas para acceder. La misión Karl María (lo sabía por las runas) era reunir a los herederos espirituales para retomar la senda del conocimiento y obrar en favor del reestablecimiento del poder ancestral.
Empezó a agitar con sus ideas y encontró cierto eco. En 1918 fundó una liga semisecreta llamada La escoba de hierro, dedicada fundamentalmente a perseguir judíos, a quienes consideraba el brazo ejecutor de una conspiración en su contra.
En 1924 lo ingresaron contra su voluntad en un manicomio de Salzburgo. Le diagnosticaron esquizofrenia agravada por megalomanía y delirios paranoicos. Como su primogénito (línea de transmisión) había muerto de niño, también había desarrollado un resentimiento profundo y violento con su esposa por no haberlo dotado de una genética resistente.
Wiligut dijo que su encierro probaba la veracidad de la conspiración. Y que la batalla final estaba cerca.
Tres años después sus seguidores (entre los que había gente influyente) lograron sacarlo, y lo conectaron con el más místico, fanático y desequilibrado de los altos mando nazis: el reischführer Heinrich Himmler.
Himmler lo adoptó como consejero y lo favoreció con la bien pagada misión de investigar la prehistoria de la raza aria.
La influencia intelectual del Brigadeführer Karl María Wiligut es tangible e intangible.
Tangible en el diseño del anillo de las SS (la calavera con cuatro runas), del castillo triangular llamado el ojo giratorio que fue la base física del movimiento ariosofista, y en la imposición de cierto ceremonial que potenciaba las ideas de superioridad metafísica de los arios.
Intangible pero tanto o más trascendente es cómo logró insuflar y potenciar un atmósfera de prepotencia mística.
Todo lo demás es materia conocida.
Karl María Wiligut murió en 1946 desangrado, con un tronco de palo borracho incrustado en el orto.
Naaaaaaaa mentira. tuvo un acv, unos meses de agonía, no soportó un viaje.



lo que te da terror
te define mejor



miércoles, 24 de abril de 2013


El sufijo del hombre





Una periodista de página 12 lo estaba entrevistando en el departamento de Colegiales. Eran las diez de una mañana de noviembre de 2008.
El entrevistado tomaba vino blanco y fumaba cigarrillos negros. Tenía 88 años y medio lamentaba haber dejado de machacar las teclas de su vieja remington.
No sé si he dado por terminada mi profesión de escritor, pero no estoy escribiendo ahora. Me rondan por la cabeza muchos asuntos que todavía no he trasladado al papel, pero no está excluido que vuelva a escribir.
Tres nombres se colaron en las respuestas, encendidos de respeto: John Dos Passos, Máximo Gorki, Abelardo Castillo.
También lo que se dice una definición.
Un cuento es un círculo cerrado, una piedra que cae en un estanque y provoca círculos concéntricos referidos al lugar del impacto. Y cuando se termina tiene que caer otra piedra y uno debe imaginarse todas las nuevas ondas que generará, las que se ven y las que subyacen.
Como todos los viejos vivía con una pata en el pasado. En esa pata se apoyó para contestar sobre la pobreza.
Ellos jugaban descalzos; nosotros teníamos zapatos de fútbol, medias, equipos. Muchas veces nos ganaban jugando descalzos. Recuerdo a uno de ellos, en algún cuento lo nombro, que era tan pobre que no tenía ni nombre. Se llamaba “el hijo de Juana”.
Madre, Juanele, Mastronardi, la militancia comunista, la dolorosa y temprana decepción con la unión soviética, el río gualeguay fueron tópicos que afloraron entre el humo.
Y el secreto de la longevidad.
Fumar un atado y medio de cigarrillos por día, tomar dos botellas de vino.
Y la premonición.
Soy de esos tipos que cuando se enferman, se mueren.
Honrando el sufijo de su apellido, hoy madrugada el maestro se fue a navegar por el otro lado de las cosas.
Sería de esperar que este definitivo recurso de promoción sirva para que muchos sean felices con las páginas que son su herencia.



lunes, 15 de abril de 2013


un cuentito viejo que me puse a corregir. la víbora se muerde la cola. capaz ahora está peor.





Veinticuatro y media



1
El acuerdo de convivencia de la escuela Jauretche establece que el rector o la rectora puede convocar cuando lo estime necesario a una suerte de cónclave de asesoramiento, llamado Consejo Consultivo. El consejo debe constituirse con un número no especificado de padres, alumnos y personal de la escuela. Su función es manifestarse sobre los hechos puestos a consideración, brindar elementos que contribuyan a una resolución satisfactoria y llegado el caso votar, por una o más iniciativas propuestas.
La mañana de un jueves de abril se arma uno de apuro. Lo integran la rectora, dos preceptoras, dos profesoras, la psicopedagoga, un padre y dos alumnos (el abanderado y el escolta izquierdo).
La rectora, una mujer obesa, de tono fatigado y jubilación inminente, invita a reunirse en su despacho.

                                                            
2
Tres amigas cursan el octavo B de la Jauretche. Deberían estar en noveno pero repitieron octavo.
Alguna afinidad las hace decirse amigas. Muestran cierta cohesión hacia el exterior, pero las raíces de la amistad no son profundas ni antiguas. Comparten recreos fumados en el baño, mañanas de nada o cibernada, y una cierta aversión adolescente por la autoridad.
El triángulo se resquebraja con la aparición de Bruno, mechas teñidas estilo carancho, piercings en la punta de la lengua y en la aleta izquierda de la nariz.
Bruno tiene diecisiete años, está en primero del polimodal y liga con Betiana, bucles rubios naturales, generosas tetas naturales.
Dalila y Débora, los vértices restantes, intentan cerrar filas frente al nuevo escenario. Es que Betiana no hace otra cosa que hablar de los atributos de Bruno —interprétese moto yamaha, galáctico celular, etc.— y ellas piensan que lo hace para provocarles envidia.
El amor permanece en estado de latencia, como una semilla enterrada en otoño.

                                                          
3
Pronto es evidente que el espacio para nueve personas y nueve sillas. La rectora manda a una de las preceptoras a buscar un aula vacía. En diez minutos vuelve sin resultados. Alguien sugiere la biblioteca. Alguien dice que la bibliotecaria tiene las llaves y está con licencia. Uno de los chicos baja dos pisos hasta el cuarto de maestranza y vuelve con un juego de llaves. Todos bajan un piso hasta la biblioteca. Prueban llaves hasta dar con la correcta.
Un vaho de humedad los recibe al entrar. Se sientan en sillas plásticas alrededor de una mesa larga. La otra preceptora lucha con la traba de una ventana hasta que consigue abrirla. Otro vaho, refrito de cebollas, viene a invadir el recinto desde una rotisería vecina.
La rectora abre un cuaderno de tapas rojas. Procede a informar a los presentes el objeto de la reunión.

                                                           
4
El amor, se sabe, tiene la capacidad de florecer en cualquier época del año. Por ejemplo la noche de un sábado de abril, en el ambiente caldoso de un boliche de la costanera.
Ambos han ido a bailar y ver el show de un músico de reggaetón llamado El Original. Bruno está con un amigo y la novia del amigo. Débora con la hermana y el novio de la hermana.
Los impetuosos besos y el frenético devenir de manos reclaman al día siguiente una estructura afectiva que los contenga. La tarde lluviosa del domingo se escurre entre copiosos mensajes de texto. Para no quedarse sin crédito deciden llamarse por teléfono fijo. Hablan horas. En el vaivén de la conversación los dos usan la misma palabra para definir lo que les pasa.
Al día siguiente el amor carga los átomos del aire enclaustrado del aula.
Llega el recreo de las explicaciones. Betiana no las quiere oír.
El triángulo termina de fragmentarse esa misma mañana dando lugar a dos frentes contrapuestos. Dalila y Betiana el bando hostil, decepcionado. Débora y Bruno el bando enamorado.
El martes la furia estalla propagando esquirlas afiladas, que Débora recibe desconcertada por la virulencia del rencor. Betiana le advierte que se cuide en un sentido general, y a la vez especifica:
—Cuidate hoy en el Berduc porque me vas a conocer.

                                                            
5
La rectora procede a leer tres actas labradas el día anterior en el cuaderno de tapas rojas.
La primera registra la comparecencia en la escuela, a la hora siete treinta, de la señora Estela Crápiz de Montenegro, madre de la alumna Débora Montenegro de octavo año B, para exponer los hechos acontecidos en el baño de mujeres del Parque Berduc durante la clase de educación física del martes tanto de abril. Consta en ella, además, un reconocimiento a la celeridad con que actuó la profesora trasladando a la alumna hasta la casa en su vehículo particular, y la ejecución de una denuncia policial que involucra a Betiana Gómez y Dalila Squilacce.
En la segunda la señora Zulema Jatib, madre de la alumna Betiana Gómez, citada en forma urgente por la rectoría, refiere no tener conocimiento alguno del episodio; y supone que en el caso de ser veraz la acusación de la alumna Montenegro, su hija bien pudo haber reaccionado después de una agresión previa. Declara que poco le importa una posible denuncia policial porque su actual pareja es agente de policía. Se compromete a conversar con su hija acerca de lo sucedido.
La tercer acta, explica la rectora antes de continuar leyendo, es la notoria confesión de la alumna Dalila Squilacce. Consta en ella el origen del incidente, la gestación de la venganza, los hechos con cierto detalle. La joven no se manifiesta arrepentida de sus actos, y dice que ante unas supuestas circunstancias similares procedería de igual modo.

                                                            
6
Antes que la calle Salta se convierta en Güemes al cruzar Moreno y bajar hacia el río, sobre un terreno de siete hectáreas donadas a la provincia en los años veinte del siglo pasado, está emplazado un parque deportivo que lleva el nombre del donante: Enrique Berduc.
Recién por los setenta se terminaron las instalaciones que concentrarían la actividad físico-deportiva de las escuelas secundarias carentes de espacio. Desde entonces, a seis cuadras del centro, hay una pista de atletismo de medidas reglamentarias, un campo de rugby o fútbol, canchas de básquet, tenis, vóley, handball, y un gimnasio cerrado con vestuarios. Miles de adolescentes lo visitan cada día hábil para dar su hora de educación física.
La espléndida siesta de un martes de abril las mujeres de octavo B de la Jauretche tienen física. La profesora las espera en la puerta, toma asistencia, las lleva hasta la pista de atletismo y manda trotar cuatro vueltas alrededor. Una alumna muy gorda la ayuda a inflar tres pelotas de vóley.

                                                           
7
Aunque todos los presentes tienen algún conocimiento de lo ocurrido, al escuchar la lectura de las actas se muestran consternados.
La rectora revela que en los cinco años que lleva al frente del colegio nunca le tocó arbitrar un hecho tan violento que involucrase a mujeres en horario de clases, e invita a opinar a los alumnos. Los dos consideran que a las agresoras hay que echarlas sin contemplaciones, y respaldan su convicción con detalles que saben sobre la conducta de las chicas. La psicopedagoga interrumpe para recordarles que ellos —en tanto alumnos, en tanto adolescentes— viven quejándose del autoritarismo de los adultos, pero está visto que puestos a juzgar son tanto más autoritarios e intolerantes.
La profesora de Lengua levanta un poco su diminuta voz para decir que las conoce bien porque las tuvo en octavo todo el año pasado y lo que va de éste, y que si bien Gómez, por ejemplo, suele causar problemas, la situación merece y debe contemplarse de un modo más abarcativo, teniendo en cuenta las circunstancias socio-familiares, la edad de las protagonistas, y siempre desde la posición de personas que han cometido, cometen y cometerán errores.
La profesora de Geografía, voz de fumar viruta, recuerda exasperada que ni la señora de Gómez ni la alumna Squilacce mostraron signos de arrepentimiento ni parecen comprender la gravedad de la situación.
Las voces se superponen argumentando a favor y en contra de las dos posiciones instaladas: echarlas sin más, o no echarlas y decidir una sanción.

                                                           
8
Media hora después del comienzo de la clase Débora pide y obtiene permiso para ir al baño. Un vaho rancio de orina la recibe al entrar. Descarta tres inodoros por mugrientos. Encuentra uno en condiciones aceptables y descarga la vejiga repleta. Cuando sale del cubículo, Betiana y Dalila están ahí.
—Puta de mierda y la concha de tu madre —dice Betiana, y le estampa una cachetada que reverbera en el recinto vacío. Dalila se abalanza, la tumba y se tira encima. Débora se contorsiona intentando zafar. Betiana revienta una y otra vez la punta de sus reebok en huesos, músculos y cavidades hasta que no ofrece resistencia y el cuerpo parece una bolsa desparramada en el piso lleno de barro y aguas sospechosas.
Dolida y dolorida, Débora supone que la tunda ha terminado y se levanta. Llorando, pregunta por qué.
—Por puta —dice Betiana y descarga el puño cerrado sobre la oreja derecha.
—Por puta —repite Dalila y la empuja hacia atrás con las dos manos.
Débora cae. La cabeza pega contra el canto de uno de los muros que separan los cubículos.
Betiana y Dalila ven las baldosas mancharse de rojo. Vuelven corriendo a la cancha de vóley. Avisan que Débora se cayó. Aprovechan la confusión para irse de la clase.

                                                            
9
La discusión recrudece. La rectora explica que con las nuevas disposiciones provinciales es muy difícil para las escuelas expulsar alumnos, que se necesita un aval superior que tiende a no avalar; y que en caso de prosperar la expulsión se extendería a todo el sistema educativo, no sólo a esa escuela en particular. Algunos piensan que es un castigo demasiado severo, otros que la conducta lo amerita, y otra vez parece que nunca va a salir algo concreto de esa reunión.
Media hora más tarde florece un principio de acuerdo, inesperado como el amor.
Se resuelve citar a los padres de las alumnas Gómez y Squilacce para prevenirlos sobre los alcances de la expulsión, invitarlos a reflexionar con sus hijas acerca de lo sucedido, y notificarlos de la aplicación de un número ejemplificador de amonestaciones.
Sobre veinticinco posibles, veinticuatro y media.





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