literatura y otros yuyos desde un camalote del Paraná
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sábado, 20 de julio de 2013
Al lado del que come más
chorizos
Justo donde la Sierra Morena se funde con la llanura, sobre una curva del
Guadalquivir, se levanta el pueblo de Montoro. Por sus diez mil habitantes
figura en los mapas como ciudad, pero es un pueblo típico andaluz de casas
blancas y calles empinadas, rodeado de olivares.
En Montoro, el 30 de junio de 1931, nació Manuel Terrín Benavídes.
De padres pastores, estudió electrónica en la vecina ciudad de Córdoba y se
empleó en el Ejército del Aire, la división aeronáutica del ejército español.
Se casó, tuvo dos hijos, se jubiló, tuvo nietos, etc.
Su vida podría haber sido una más, una de tantas, si no fuera porque cerca
de los treinta años comenzó a interesarse por la poesía. El interés no se
concentraba solamente en el goce estético, sino también en los aspectos
técnicos del artificio que produce el goce estético. Estudió el bachillerato en
literatura y se puso a escribir. Y a participar en concursos literarios.
Aún así Manuel Terrín Benavídes podría haber sido uno de tantos, uno más de
un universo más acotado.
Lo que lo hace singular es que hasta enero de 2013 llevaba ganados 1814
concursos literarios, unos 1400 de poesía y el resto de cuento corto. No es
descabellado suponer que a la fecha haya reunido algunos premios más, quién
sabe algunas decenas.
Empezó a participar en certámenes antes de cumplir cuarenta años. Desde
entonces ha venido arrasando a un ritmo que fluctúa entre 14 premios el año que
menos ganó, y un record de 81 en 2008. Aunque esta cifra parezca exagerada
(aunque realmente lo sea) debe tenerse en cuenta que si bien no hay un registro
fiel, se calcula que se organizan anualmente unos 30.000 concursos en España y
Latinoamérica.
Las paredes y estanterías de su casa en Albacete están atestadas de
estatuillas, trofeos, medallas, plaquetas, diplomas. Dice que ha ganado
concursos donde el premio era un papel firmado por profesoras de secundario, y
una vez uno con una dote de 50.000 euros.
Terrín prefiere los poemas a los cuentos, las métricas duras al verso libre.
Escribe en una vieja Hispano Olivetti, no tiene computadora, y un grupo de
amigos se dedica a buscar e imprimirle bases. Gracias a los concursos que
premian con edición lleva publicados 24 libros de poesía y 6 de cuento corto.
Algunos títulos: El alba de los cisnes, Sonetos, Balada bajo
la lluvia, Al caer la tarde, Crónica peregrinante, Derrotada ternura.
El hecho de que semejante currículum no lo haya instalado como un referente
de la poesía española pone en tela de juicio el criterio y el valor artístico
de los concursos literarios. Por otra parte la compulsión de concursar y la
facilidad para ganar le han acarreado críticas (tecnicismo vacuo, trivialidad
ornamentada) y acusaciones, sobre todo de autoplagio (cambiar un par de
palabras para competir varias veces con el mismo texto). Incluso un grupo de
escritores que obtuvieron premios secundarios han constituido la ADT, Asociación Damnificados por Terrín, que
se dedica a perseguir al susodicho judicialmente y a menospreciar sus méritos
literarios.
Por supuesto a don Manuel le importa tres sorongos. Va a todas las
premiaciones que puede, donde en general es tratado como una eminencia. Por
supuesto es la antítesis del escritor torturado, maldito y malediciente. Tiene
una vida perfectamente burguesa y organizada, y una disciplina de trabajo
inquebrantable, que incluye creación, impresión y envío, siempre postal. Además
cada año embolsa unos veinticinco mil euros en premios, que según dice son una
ayuda para costear gastos médicos de un hijo inválido.
Respecto de su lugar en la historia de la literatura la actitud es algo
confusa. Por un lado dice estar orgulloso de que a una calle de Montoro le
hayan puesto su nombre, y que espera llegar con salud a los 2000 premios. Por
otro lado dice que no concursa para lograr ningún record y que detestaría aparecer
en el guinness, por ejemplo,“al lado del que come más chorizos”.
bueno un
tip para resistir el invierno. me lo pasó maru botana
sábado, 29 de junio de 2013
Tigre Hotel
A principios de los noventa tuvo lugar un pequeño boom en la literatura argentina. Digo pequeño porque no fue una
cosa que la gente hacía cola para comprar libros. Pero sí marcó ciertas pautas estéticas
que todavía pueden verse claramente.
Algunos lo atribuyen al clima de estabilidad democrática. Otros a la
declinación del realismo mágico y a un corrimiento de la mirada referencial
hacia la literatura norteamericana. Otros a un debilitamiento del lastre
hereditario que suponía la sucesión de Borges y Cortázar.
Lo concreto es que sucedió. Lo probable es que las causas hayan sido todas
esas y también otras más.
Por supuesto la colección emblemática de ese momento de la narrativa
argentina es la Biblioteca del Sur de
editorial Planeta. Su director, Juan Forn, era y es uno de los últimos
representantes de la raza de los literatos.
Biblioteca del Sur publicó a próceres
emergentes como Fogwill o Laiseca, una línea intermedia como ser un Sáenz o un
Dal Masetto, y sobre todo un verdadero seleccionado de lo que pululaba entonces
por ciudad capital: Saccomanno, Fresán, Lañata, Martínez, Gandolfo, Rejtman o
el mismo Forn, que eludió sabiamente la falsa modestia y se autoeditó el
delicioso Nadar de noche.
También como en toda colección hubo libros y autores que después no
trascendieron, por razones que vaya uno a saber pero que (a eso voy) no tienen
necesariamente que ver con la literatura.
Un acierto fue el tratamiento formal del objeto libro. Tapas y contratapas
blancas, tipografía repetida (parece times pero no es), una ilustración central
de tapa que era siempre un dibujo o una foto intervenida “artísticamente”.
Libros muy fáciles de identificar, con el loguito de Planeta grande en el
lomo.
Yo si veía uno y tenía plata lo compraba sin fijarme tanto en el autor. La
colección en sí misma era un paradigma del modo de escribir de aquellos años,
que entiendo preconfiguró voces actuales como las de Ramos, Hecker, Garland,
Busqued, etc.
Toda esta disgresión nostálgica viene a cuento de que anteayer temprano, cuando
los dos vasos de jugo y los primeros mates me impulsaron escaleras arriba en
pos del baño grande, manoteé de la biblioteca un libro de la colección. Tuve
incluso dos segundos de gracia para elegir uno de los varios que nunca leí.
Tigre Hotel, de Alejandro Manara.
Lo empecé en la citada circunstancia y anduve con el libro todo el día,
fabricándome huecos de tiempo hasta terminarlo, leyendo con felicidad inesperada
los dieciocho cuentos.
En Antes de que amanezca en Tapalqué hay
un intercambio de parejas oscuro y tramposo. La gentileza de los desconocidos es una metáfora de cómo el arte
porteño se coje al del interior. En realidad no muy metáfora. En Dos susqueñas una amistad desigual y
ambigua se cristaliza con hechos definitivos.
En No te mueras sin que pueda
hablarte:
En el auto quise hablarle de cómo había sido ser su hijo,
de qué clase de madre había sido ella conmigo: lo que me había dado, lo que me
había hecho ver siendo ella como era. Hace unos años pasé diez meses viviendo
en su casa. Las noches en que el desasosiego me desvelaba, cuando nos
encontrábamos en la oscuridad del pasillo caminando para que volviese el sueño,
ella se ofrecía a calentarme una taza de leche. Buenas oportunidades para
sentarnos a hablar, que yo creí tan inagotables como el insomnio y nunca
aproveché. Me justificaba diciéndome que aún tenía tiempo por delante. A veces
hasta me lo creía.
Episodio al pie de los
Montes Dhola Dhar comienza así:
Habían pasado dos años del desembarco en Bombay. Dos años
desde que diez mil oficiales italianos habíamos subido al convoy y remontado
hacia el norte la línea de ferrocarril que pasa por Delhi y Jullundur. Dos años
desde que trasbordamos a un tren pequeño y en él llegamos a Kangra y desde allí
en camión hasta Yol. Es improbable que Yol aparezca en el mapa, pero está cerca
de Dharmsala al pie de los montes Dhola Dhar, una estribación del Himalaya.
En el último cuento, Un hombre
leyendo, el tipo termina de masturbarse en la pileta del baño y sale al
patio a leer el diario del domingo. La sección cultural registra la muerte de
un tal Raymond Carver. El hombre recuerda un cuento sobre los últimos días de
Chejov pero no el título, algo con flores.
En la solapa hay una foto del autor. Tiene unos cuarenta años, pelo negro y
piel trigueña. El copyright es de 1993.
Después googleé Alejandro Manara pero no encontré demasiado. Estudió
literatura en Inglaterra, tradujo la correspondencia de Joyce con Italo Svevo,
y en 1998 publicó un segundo volumen de cuentos, Bebiendo tristes, bailando graves.
También una foto más actual, con el pelo completamente encanecido, aparece
en un sitio de citas para solos y solas.
por estos
días ginebra bols, flores y este concierto de jack johnson. todo en repeat.
domingo, 19 de mayo de 2013
Justicia es el hábito de dar a cada cual lo que le corresponde Domicius Ulpiano (Tiro,170 - Roma,228)
CENTRAL ES DE LA A. CENTRAL ES LA A
después de tanto estreñimiento la lepra arranca con las pepas de carbón. los amo putos sean tan felices como yo
martes, 14 de mayo de 2013
florencia
1
A las diez de la noche sonó el timbre. Mati pausó la play para atender. Tres amigos con pizzas y cocas.
Comieron jugando al pes y hablando al pedo.
Después Mati sacó su lata de la heladera, abrió la tapa y empezó a desmenuzar flores de un cogollo.
Armó dos gordos. Fumaron los cuatro.
Dos bajaron al kiosco a buscar fernet y más coca.
Hablaron, jugaron al guitar hero, subieron al face videos de mountain bike. Fumaron otra vez, pusieron artic monkeys, se fueron quedando dormidos.
2
Al otro día en la zapatería Fran preguntó por qué la cara.
Mati dijo que se había quedado hasta tarde con unos amigos. Y con florencia.
Fran dijo ah Florencia.
Sí florencia dijo Mati.
Llamaron desde la sucursal de la peatonal pidiendo unos pares. A Fran le tocaba y salió puteando.
3
Empujó la puerta de blindex, saludó a Florencia, siguió hasta el depósito.
Esteban le recibió las cajas. Fran le contó que Florencia había pasado la noche con Mati y otros vagos. Esteban abrió los ojos grandes y se frotó las manos.
4
Fran se fue. Atendieron unas clientas.
Sin apuntar al centro Esteban empezó a tirar.
Al tercer o cuarto dardo Florencia se dio cuenta y lo miró mal.
El siguió, apuntando cada vez mejor.
Ella se hartó y le dijo que te pasa nene te está pegando mal el faso.
La banda marplatense de indie electrónico Altocamet en un video con el team de nado sincronizado The Brooklyn Peaches. Tan azul.
domingo, 5 de mayo de 2013
El señor de las runas, el bardo del reich, el rasputín de
himmler
Nacido en Viena en 1866, Karl María
Wiligut decía tener el don de la clarividencia retrospectiva; en su caso se
remontaba hasta al año 228.000 a.c.
Por aquellos tiempos, contaba Wiligut,
la tierra estaba iluminada por tres soles y habitada por tres tribus que
luchaban constantemente por el poder: enanos, gigantes y germanos.
Los enanos tenían la astucia y la
codicia. Los gigantes la fuerza y la malicia. Los germanos la capacidad de
acumular conocimiento.
150.000 años después (78.000 a.c.) la
unión de los dioses del aire y del agua engendró la casta germana de los
Wiligotis, que se impuso sobre las otras tribus y estableció un reino de paz y
gloria basado en la religión irminista.
Los irministas manejaron en secreto los
destinos del planeta por casi 80.000 años, hasta que el traidor Carlomagno logró
imponer el cristianismo.
Karl María obviamente era el último
heredero de la casta Wiligotis.
Por supuesto los exégetas irministas habían
dejado el mundo lleno de secretos y pistas para acceder. La misión Karl María
(lo sabía por las runas) era reunir a los herederos espirituales para retomar
la senda del conocimiento y obrar en favor del reestablecimiento del poder
ancestral.
Empezó a agitar con sus ideas y
encontró cierto eco. En 1918 fundó una liga semisecreta llamada La escoba de hierro, dedicada
fundamentalmente a perseguir judíos, a quienes consideraba el brazo ejecutor de
una conspiración en su contra.
En 1924 lo ingresaron contra su voluntad
en un manicomio de Salzburgo. Le diagnosticaron esquizofrenia agravada por
megalomanía y delirios paranoicos. Como su primogénito (línea de transmisión)
había muerto de niño, también había desarrollado un resentimiento profundo y
violento con su esposa por no haberlo dotado de una genética resistente.
Wiligut dijo que su encierro probaba la
veracidad de la conspiración. Y que la batalla final estaba cerca.
Tres años después sus seguidores (entre
los que había gente influyente) lograron sacarlo, y lo conectaron con el más
místico, fanático y desequilibrado de los altos mando nazis: el reischführer
Heinrich Himmler.
Himmler lo adoptó como consejero y lo
favoreció con la bien pagada misión de investigar la prehistoria de la raza aria.
La influencia intelectual del
Brigadeführer Karl María Wiligut es tangible e intangible.
Tangible en el diseño del anillo de las
SS (la calavera con cuatro runas), del castillo triangular llamado el ojo giratorio que fue la base física
del movimiento ariosofista, y en la imposición de cierto ceremonial que
potenciaba las ideas de superioridad metafísica de los arios.
Intangible pero tanto o más
trascendente es cómo logró insuflar y potenciar un atmósfera de prepotencia mística.
Todo lo demás es materia conocida.
Karl María Wiligut murió en 1946
desangrado, con un tronco de palo borracho incrustado en el orto.
Naaaaaaaa mentira. tuvo un acv, unos
meses de agonía, no soportó un viaje.
lo que te da terror
te define mejor
miércoles, 24 de abril de 2013
El sufijo del hombre
Una periodista de
página 12 lo estaba entrevistando en el departamento de Colegiales. Eran las
diez de una mañana de noviembre de 2008.
El
entrevistado tomaba vino blanco y fumaba cigarrillos negros. Tenía 88 años y
medio lamentaba haber dejado de machacar las teclas de su vieja remington.
No
sé si he dado por terminada mi profesión de escritor, pero no estoy escribiendo
ahora. Me rondan por la cabeza muchos asuntos que todavía no he trasladado al
papel, pero no está excluido que vuelva a escribir.
Tres
nombres se colaron en las respuestas, encendidos de respeto: John Dos Passos, Máximo
Gorki, Abelardo Castillo.
También
lo que se dice una definición.
Un
cuento es un círculo cerrado, una piedra que cae en un estanque y provoca
círculos concéntricos referidos al lugar del impacto. Y cuando se termina tiene
que caer otra piedra y uno debe imaginarse todas las nuevas ondas que generará,
las que se ven y las que subyacen.
Como
todos los viejos vivía con una pata en el pasado. En esa pata se apoyó para contestar
sobre la pobreza.
Ellos
jugaban descalzos; nosotros teníamos zapatos de fútbol, medias, equipos. Muchas
veces nos ganaban jugando descalzos. Recuerdo a uno de ellos, en algún cuento
lo nombro, que era tan pobre que no tenía ni nombre. Se llamaba “el hijo de
Juana”.
Madre, Juanele, Mastronardi, la militancia comunista, la dolorosa y temprana
decepción con la unión soviética, el río gualeguay fueron tópicos que afloraron
entre el humo.
Y el secreto de la longevidad.
Fumar
un atado y medio de cigarrillos por día, tomar dos botellas de vino.
Y
la premonición.
Soy
de esos tipos que cuando se enferman, se mueren.
Honrando
el sufijo de su apellido, hoy madrugada el maestro se fue a navegar por el otro
lado de las cosas.
Sería
de esperar que este definitivo recurso de promoción sirva para que muchos sean
felices con las páginas que son su herencia.
lunes, 15 de abril de 2013
un
cuentito viejo que me puse a corregir. la víbora se muerde la cola. capaz ahora
está peor.
Veinticuatro y media
1
El acuerdo de
convivencia de la escuela Jauretche establece que el rector o la rectora
puede convocar cuando lo estime necesario a una suerte de cónclave de asesoramiento,
llamado Consejo Consultivo. El consejo debe constituirse con un número no especificado
de padres, alumnos y personal de la escuela. Su función es manifestarse sobre
los hechos puestos a consideración, brindar elementos que contribuyan a una
resolución satisfactoria y llegado el caso votar, por una o más iniciativas
propuestas.
La mañana de un jueves de abril se arma uno de apuro.
Lo integran la rectora, dos preceptoras, dos profesoras, la psicopedagoga, un
padre y dos alumnos (el abanderado y el escolta izquierdo).
La rectora, una mujer obesa, de tono fatigado y
jubilación inminente, invita a reunirse en su despacho.
2
Tres amigas cursan el octavo B de la Jauretche.
Deberían estar en noveno pero repitieron octavo.
Alguna afinidad las hace decirse amigas. Muestran
cierta cohesión hacia el exterior, pero las raíces de la amistad no son profundas
ni antiguas. Comparten recreos fumados en el baño, mañanas de nada o cibernada,
y una cierta aversión adolescente por la autoridad.
El triángulo se resquebraja con la aparición de
Bruno, mechas teñidas estilo carancho, piercings en la punta de la lengua y en la
aleta izquierda de la nariz.
Bruno tiene diecisiete años, está en primero del polimodal
y liga con Betiana, bucles rubios naturales, generosas tetas naturales.
Dalila y Débora, los vértices restantes, intentan
cerrar filas frente al nuevo escenario. Es que Betiana no hace otra cosa que hablar
de los atributos de Bruno —interprétese moto yamaha, galáctico celular, etc.— y
ellas piensan que lo hace para provocarles envidia.
El amor permanece en estado de latencia, como una
semilla enterrada en otoño.
3
Pronto es evidente que el espacio para nueve
personas y nueve sillas. La rectora manda a una de las preceptoras a buscar un
aula vacía. En diez minutos vuelve sin resultados. Alguien sugiere la
biblioteca. Alguien dice que la bibliotecaria tiene las llaves y está con
licencia. Uno de los chicos baja dos pisos hasta el cuarto de maestranza y
vuelve con un juego de llaves. Todos bajan un piso hasta la biblioteca. Prueban
llaves hasta dar con la correcta.
Un vaho de humedad los recibe al entrar. Se sientan
en sillas plásticas alrededor de una mesa larga. La otra preceptora lucha con
la traba de una ventana hasta que consigue abrirla. Otro vaho, refrito de
cebollas, viene a invadir el recinto desde una rotisería vecina.
La rectora abre un cuaderno de tapas rojas. Procede
a informar a los presentes el objeto de la reunión.
4
El amor, se sabe, tiene la capacidad de florecer en
cualquier época del año. Por ejemplo la noche de un sábado de abril, en el
ambiente caldoso de un boliche de la costanera.
Ambos han ido a bailar y ver el show de un músico de
reggaetón llamado El Original. Bruno
está con un amigo y la novia del amigo. Débora con la hermana y el novio de la
hermana.
Los impetuosos besos y el frenético devenir de manos
reclaman al día siguiente una estructura afectiva que los contenga. La tarde
lluviosa del domingo se escurre entre copiosos mensajes de texto. Para no quedarse
sin crédito deciden llamarse por teléfono fijo. Hablan horas. En el vaivén de
la conversación los dos usan la misma palabra para definir lo que les pasa.
Al día siguiente el amor carga los átomos del aire
enclaustrado del aula.
Llega el recreo de las explicaciones. Betiana no las
quiere oír.
El triángulo termina de fragmentarse esa misma
mañana dando lugar a dos frentes contrapuestos. Dalila y Betiana el bando
hostil, decepcionado. Débora y Bruno el bando enamorado.
El martes la furia estalla propagando esquirlas
afiladas, que Débora recibe desconcertada por la virulencia del rencor. Betiana
le advierte que se cuide en un sentido general, y a la vez especifica:
—Cuidate hoy en el Berduc porque me vas a conocer.
5
La rectora procede a leer tres actas labradas el día
anterior en el cuaderno de tapas rojas.
La primera registra la comparecencia en la escuela,
a la hora siete treinta, de la señora Estela Crápiz de Montenegro, madre de la
alumna Débora Montenegro de octavo año B, para exponer los hechos acontecidos
en el baño de mujeres del Parque Berduc durante la clase de educación física
del martes tanto de abril. Consta en ella, además, un reconocimiento a la
celeridad con que actuó la profesora trasladando a la alumna hasta la casa en
su vehículo particular, y la ejecución de una denuncia policial que involucra a
Betiana Gómez y Dalila Squilacce.
En la segunda la señora Zulema Jatib, madre de la
alumna Betiana Gómez, citada en forma urgente por la rectoría, refiere no tener
conocimiento alguno del episodio; y supone que en el caso de ser veraz la
acusación de la alumna Montenegro, su hija bien pudo haber reaccionado después
de una agresión previa. Declara que poco le importa una posible denuncia
policial porque su actual pareja es agente de policía. Se compromete a
conversar con su hija acerca de lo sucedido.
La tercer acta, explica la rectora antes de
continuar leyendo, es la notoria confesión de la alumna Dalila Squilacce.
Consta en ella el origen del incidente, la gestación de la venganza, los hechos
con cierto detalle. La joven no se manifiesta arrepentida de sus actos, y dice
que ante unas supuestas circunstancias similares procedería de igual modo.
6
Antes que la calle Salta se convierta en Güemes al
cruzar Moreno y bajar hacia el río, sobre un terreno de siete hectáreas donadas
a la provincia en los años veinte del siglo pasado, está emplazado un parque
deportivo que lleva el nombre del donante: Enrique Berduc.
Recién por los setenta se terminaron las
instalaciones que concentrarían la actividad físico-deportiva de las escuelas
secundarias carentes de espacio. Desde entonces, a seis cuadras del centro, hay
una pista de atletismo de medidas reglamentarias, un campo de rugby o fútbol, canchas
de básquet, tenis, vóley, handball, y un gimnasio cerrado con vestuarios. Miles
de adolescentes lo visitan cada día hábil para dar su hora de educación física.
La espléndida siesta de un martes de abril las
mujeres de octavo B de la Jauretche tienen física. La profesora las espera en
la puerta, toma asistencia, las lleva hasta la pista de atletismo y manda
trotar cuatro vueltas alrededor. Una alumna muy gorda la ayuda a inflar tres
pelotas de vóley.
7
Aunque todos los presentes tienen algún conocimiento
de lo ocurrido, al escuchar la lectura de las actas se muestran consternados.
La rectora revela que en los cinco años que lleva al
frente del colegio nunca le tocó arbitrar un hecho tan violento que involucrase
a mujeres en horario de clases, e invita a opinar a los alumnos. Los dos consideran
que a las agresoras hay que echarlas sin contemplaciones, y respaldan su convicción
con detalles que saben sobre la conducta de las chicas. La psicopedagoga interrumpe
para recordarles que ellos —en tanto alumnos, en tanto adolescentes— viven
quejándose del autoritarismo de los adultos, pero está visto que puestos a
juzgar son tanto más autoritarios e intolerantes.
La profesora de Lengua levanta un poco su diminuta voz
para decir que las conoce bien porque las tuvo en octavo todo el año pasado y
lo que va de éste, y que si bien Gómez, por ejemplo, suele causar problemas, la
situación merece y debe contemplarse de un modo más abarcativo, teniendo en
cuenta las circunstancias socio-familiares, la edad de las protagonistas, y siempre
desde la posición de personas que han cometido, cometen y cometerán errores.
La profesora de Geografía, voz de fumar viruta, recuerda
exasperada que ni la señora de Gómez ni la alumna Squilacce mostraron signos de
arrepentimiento ni parecen comprender la gravedad de la situación.
Las voces se superponen argumentando a favor y en
contra de las dos posiciones instaladas: echarlas sin más, o no echarlas y decidir
una sanción.
8
Media hora después del comienzo de la clase Débora
pide y obtiene permiso para ir al baño. Un vaho rancio de orina la recibe al
entrar. Descarta tres inodoros por mugrientos. Encuentra uno en condiciones
aceptables y descarga la vejiga repleta. Cuando sale del cubículo, Betiana y
Dalila están ahí.
—Puta de mierda y la concha de tu madre —dice Betiana,
y le estampa una cachetada que reverbera en el recinto vacío. Dalila se
abalanza, la tumba y se tira encima. Débora se contorsiona intentando zafar.
Betiana revienta una y otra vez la punta de sus reebok en huesos, músculos y
cavidades hasta que no ofrece resistencia y el cuerpo parece una bolsa desparramada
en el piso lleno de barro y aguas sospechosas.
Dolida y dolorida, Débora supone que la tunda ha
terminado y se levanta. Llorando, pregunta por qué.
—Por puta —dice Betiana y descarga el puño cerrado
sobre la oreja derecha.
—Por puta —repite Dalila y la empuja hacia atrás con
las dos manos.
Débora cae. La cabeza pega contra el canto de uno de
los muros que separan los cubículos.
Betiana y Dalila ven las baldosas mancharse de rojo.
Vuelven corriendo a la cancha de vóley. Avisan que Débora se cayó. Aprovechan
la confusión para irse de la clase.
9
La discusión recrudece. La rectora explica que con
las nuevas disposiciones provinciales es muy difícil para las escuelas expulsar
alumnos, que se necesita un aval superior que tiende a no avalar; y que en caso
de prosperar la expulsión se extendería a todo el sistema educativo, no sólo a esa
escuela en particular. Algunos piensan que es un castigo demasiado severo, otros
que la conducta lo amerita, y otra vez parece que nunca va a salir algo
concreto de esa reunión.
Media hora más tarde florece un principio de
acuerdo, inesperado como el amor.
Se resuelve citar a los padres de las alumnas Gómez
y Squilacce para prevenirlos sobre los alcances de la expulsión, invitarlos a
reflexionar con sus hijas acerca de lo sucedido, y notificarlos de la
aplicación de un número ejemplificador de amonestaciones.
Sobre veinticinco posibles, veinticuatro y media.
y este muchacho rjd2, que va y viene del futuro.
sábado, 2 de marzo de 2013
La
perfecta casada
Tuve que leer un ensayo de Fray
Luis de León, monumento de titanio de
la poesía española. Se llama La perfecta
casada, y es un caso raro en el mercado editorial. Un texto considerado
menor dentro de la obra, reeditado innumerables veces.
Después de leerlo sentí que había
encontrado las fuentes de alguna cosa, una referencia histórica para ver el presente
de otra forma.
Intercambié correos con el
licenciado Furch. A través de él supe que hasta entrado el siglo veinte era
común encontrar La perfecta casada en
los estantes de muchos hogares de España y Latinoamérica, y que era un regalo
habitual entre mujeres.
A una semana del 8 de marzo, con
todo el morbo que me caracteriza, transcribo algunos parrafillos.
¿Por qué les dió a
las mujeres Dios las fuerzas flacas, y los miembros muelles, sino porque los
crió, no por ser postas, sino para estar en su rincón asentadas? (...) Y pues
no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas
las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que
son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa
y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola.
Impresionante lo de miembros muelles.
Se desenfrenan más
que los hombres y pasan la raya mucho más y no tiene tasa ni fin su apetito. Y
si comienzan a destemplarse, se destemplan sin término, y son como un pozo sin
suelo, que nada les basta, y como una carcoma, que de continuo roe, y como una
llama encubierta, que se enciende sin sentir por la casa y por la hacienda,
hasta que la consume. (...) si dan en golosear, toda la vida es el almuerzo y
la merienda, y la huerta y la comadre, y el día bueno; y, si dan en galas, pasa
el negocio de pasión y llega a increíble desatino y locura, porque hoy un vestido
y mañana otro, y cada fiesta con el suyo; y lo que hoy hacen, mañana lo
deshacen, y cuanto ven, tanto se les antoja. (...) y todo nuevo, y todo
reciente, y todo hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo mañana.
Si
comienzan a destemplarse.
Si
dan en golosear.
Y pues no
las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las
que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y
conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella,
pues las hizo Dios para ella sola.
Los chinos, en
nasciendo, les tuercen a las niñas los pies, por que cuando sean mujeres no los
tengan para salir fuera, y porque, para andar en su casa, aquellos torcidos les
bastan. Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el
encerramiento; y como es de los hombres el hablar y el salir a la luz, así
dellas el encerrarse y encubrirse.
Y un último consejito,
tal vez el más importante.
Por más áspero y de
más fieras condiciones que el marido sea, es necesario que la mujer le soporte
y que no consienta por ninguna ocasión que se divida la paz. ¡Oh, que es un
verdugo! ¡Pero es tu marido! ¡Es un beodo! Pero el ñudo matrimonial le hizo
contigo uno. ¡Un áspero, un desapacible! Pero miembro tuyo ya, y miembro el más
principal. (...) naturaleza y estado pone obligación en la casada, como
decimos, de mirar por su casa y de alegrar y de cuidar continuamente a su
marido, de la cual ninguna mala condición dél la desobliga.
Por supuesto esto da
la medida de ciertos avances que no pueden negarse. También se encuadra dentro
de la lógica del todos los avances de la humanidad, que llegan a un porcentaje
minoritario de la población.
Y después Fray Luis
sigue siendo un gran poeta, uno de los más sobrios, sabios y equilibrados
poetas de la lengua. A mí siempre me gustó esa cosa de sincronizar el ascetismo
temático y el formal. Como todos saben tengo una gran tendencia al ascetismo.
Del primer libro de
sus Obras poéticas, termino el post
con el principio de una lira técnicamente perfecta, tres heptasílabos A y dos
endecasílabos B, dispuestos ABAAB.
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;...
Música austríaca, 4000 reproducciones en
you tube. De nada.
domingo, 27 de enero de 2013
Sandokán en sala 4
Cuando Aldo tenía cuatro años su mamá lo dejó en la casa de la abuela,
junto con un hermanito de un año y medio y una hermanita de cinco meses. Fue la
última vez que la vieron.
La abuela trabajaba en el pueblo y no estaba nunca. Había un tío, siempre
borracho. Aldo y los otros crecieron guachos. Pasaban los días en las barrancas
sobre el río o en el mismo río. Casi todos los años empezaban la escuela y la
dejaban en invierno.
Al oeste de la casa de la abuela de Aldo, sobre la ruta 8, había (o hay)
una whiskería donde paraban los camioneros que iban a buscar yeso a Piedras
Blancas. Ahí el tío, después de satisfacerse durante años con los sobrinos, se
encaprichó con una puta y la llevó a vivir al rancho.
Al tiempo se cansó de usarla y empezó a obligar a Aldo a cojerse a la puta
mientras él miraba.
La puta era de Corrientes, y tenía HIV.
Lo ingresaron con un cuadro de encefalitis y alteraciones neurológicas. La
tomografía mostró lesiones compatibles con toxoplasmosis cerebral, una de las
infecciones más frecuentes en pacientes con SIDA.
Los parásitos le están carcomiendo el cerebro.
Los hongos le están carcomiendo la boca y la garganta.
Salpicado por el herpes, alimentado por sonda y suero, medicado con toda la
batería disponible, Aldo pasa los días previos a su cumpleaños 14 en la sala 4
del hospital San Roque.
Dice que sabe que se va a morir.
—Porque hice cosas malas.
La historia es una perlita de los primeros días de trabajo de mi mujer en
el susodicho nosocomio.
A Aldo le gusta leer, pero ya no puede porque la toxoplasmosis le tomó los
ojos.
Ayer a la siesta fui a verlo con varios libros en la mochila. Hablamos un
rato de pesca y después le pregunté si me dejaba leerle alguna historia.
Eligió una de Sandokán: Los tigres de
Mompracem.
Por la parte en que Sandokán se despierta en la casa de Lord James, antes
de conocer a Mariana, el jefe de sala entró con la cimitarra y dijo que ya era
suficiente. Mi garganta tenía la misma sensación. Quedamos en seguir el próximo
fin de semana.
Salí del hospital pensando que el próximo fin de semana Aldo puede no
estar, no ser. Llegué a casa pensando que esa posibilidad también cabe para
cualquiera de nosotros.
También pensé (pero eso lo pienso siempre) que vivimos en una putrefacta
bola de mierda, y que lo mejor que podría pasar es que nos choque el meteorito
y que despertemos siendo parásitos, carcomiendo cerebros en un planeta a diez
mil años luz de distancia.
nada es mejor / nada es igual / el tiempo
es amigo si estás donde estás