sábado, 20 de julio de 2013

Al lado del que come más chorizos







Justo donde la Sierra Morena se funde con la llanura, sobre una curva del Guadalquivir, se levanta el pueblo de Montoro. Por sus diez mil habitantes figura en los mapas como ciudad, pero es un pueblo típico andaluz de casas blancas y calles empinadas, rodeado de olivares.
En Montoro, el 30 de junio de 1931, nació Manuel Terrín Benavídes.
De padres pastores, estudió electrónica en la vecina ciudad de Córdoba y se empleó en el Ejército del Aire, la división aeronáutica del ejército español. Se casó, tuvo dos hijos, se jubiló, tuvo nietos, etc.
Su vida podría haber sido una más, una de tantas, si no fuera porque cerca de los treinta años comenzó a interesarse por la poesía. El interés no se concentraba solamente en el goce estético, sino también en los aspectos técnicos del artificio que produce el goce estético. Estudió el bachillerato en literatura y se puso a escribir. Y a participar en concursos literarios.
Aún así Manuel Terrín Benavídes podría haber sido uno de tantos, uno más de un universo más acotado.
Lo que lo hace singular es que hasta enero de 2013 llevaba ganados 1814 concursos literarios, unos 1400 de poesía y el resto de cuento corto. No es descabellado suponer que a la fecha haya reunido algunos premios más, quién sabe algunas decenas.
Empezó a participar en certámenes antes de cumplir cuarenta años. Desde entonces ha venido arrasando a un ritmo que fluctúa entre 14 premios el año que menos ganó, y un record de 81 en 2008. Aunque esta cifra parezca exagerada (aunque realmente lo sea) debe tenerse en cuenta que si bien no hay un registro fiel, se calcula que se organizan anualmente unos 30.000 concursos en España y Latinoamérica.
Las paredes y estanterías de su casa en Albacete están atestadas de estatuillas, trofeos, medallas, plaquetas, diplomas. Dice que ha ganado concursos donde el premio era un papel firmado por profesoras de secundario, y una vez uno con una dote de 50.000 euros.
Terrín prefiere los poemas a los cuentos, las métricas duras al verso libre. Escribe en una vieja Hispano Olivetti, no tiene computadora, y un grupo de amigos se dedica a buscar e imprimirle bases. Gracias a los concursos que premian con edición lleva publicados 24 libros de poesía y 6 de cuento corto. Algunos títulos: El alba de los cisnes, Sonetos, Balada bajo la lluvia, Al caer la tarde, Crónica peregrinante, Derrotada ternura.
El hecho de que semejante currículum no lo haya instalado como un referente de la poesía española pone en tela de juicio el criterio y el valor artístico de los concursos literarios. Por otra parte la compulsión de concursar y la facilidad para ganar le han acarreado críticas (tecnicismo vacuo, trivialidad ornamentada) y acusaciones, sobre todo de autoplagio (cambiar un par de palabras para competir varias veces con el mismo texto). Incluso un grupo de escritores que obtuvieron premios secundarios han constituido la ADT, Asociación Damnificados por Terrín, que se dedica a perseguir al susodicho judicialmente y a menospreciar sus méritos literarios.
Por supuesto a don Manuel le importa tres sorongos. Va a todas las premiaciones que puede, donde en general es tratado como una eminencia. Por supuesto es la antítesis del escritor torturado, maldito y malediciente. Tiene una vida perfectamente burguesa y organizada, y una disciplina de trabajo inquebrantable, que incluye creación, impresión y envío, siempre postal. Además cada año embolsa unos veinticinco mil euros en premios, que según dice son una ayuda para costear gastos médicos de un hijo inválido.
Respecto de su lugar en la historia de la literatura la actitud es algo confusa. Por un lado dice estar orgulloso de que a una calle de Montoro le hayan puesto su nombre, y que espera llegar con salud a los 2000 premios. Por otro lado dice que no concursa para lograr ningún record y que detestaría aparecer en el guinness, por ejemplo, “al lado del que come más chorizos”.






bueno un tip para resistir el invierno. me lo pasó maru botana



sábado, 29 de junio de 2013

Tigre Hotel








A principios de los noventa tuvo lugar un pequeño boom en la literatura argentina. Digo pequeño porque no fue una cosa que la gente hacía cola para comprar libros. Pero sí marcó ciertas pautas estéticas que todavía pueden verse claramente.
Algunos lo atribuyen al clima de estabilidad democrática. Otros a la declinación del realismo mágico y a un corrimiento de la mirada referencial hacia la literatura norteamericana. Otros a un debilitamiento del lastre hereditario que suponía la sucesión de Borges y Cortázar.
Lo concreto es que sucedió. Lo probable es que las causas hayan sido todas esas y también otras más.
Por supuesto la colección emblemática de ese momento de la narrativa argentina es la Biblioteca del Sur de editorial Planeta. Su director, Juan Forn, era y es uno de los últimos representantes de la raza de los literatos.
Biblioteca del Sur publicó a próceres emergentes como Fogwill o Laiseca, una línea intermedia como ser un Sáenz o un Dal Masetto, y sobre todo un verdadero seleccionado de lo que pululaba entonces por ciudad capital: Saccomanno, Fresán, Lañata, Martínez, Gandolfo, Rejtman o el mismo Forn, que eludió sabiamente la falsa modestia y se autoeditó el delicioso Nadar de noche.
También como en toda colección hubo libros y autores que después no trascendieron, por razones que vaya uno a saber pero que (a eso voy) no tienen necesariamente que ver con la literatura.
Un acierto fue el tratamiento formal del objeto libro. Tapas y contratapas blancas, tipografía repetida (parece times pero no es), una ilustración central de tapa que era siempre un dibujo o una foto intervenida “artísticamente”.
Libros muy fáciles de identificar, con el loguito de Planeta grande en el lomo.
Yo si veía uno y tenía plata lo compraba sin fijarme tanto en el autor. La colección en sí misma era un paradigma del modo de escribir de aquellos años, que entiendo preconfiguró voces actuales como las de Ramos, Hecker, Garland, Busqued, etc.


Toda esta disgresión nostálgica viene a cuento de que anteayer temprano, cuando los dos vasos de jugo y los primeros mates me impulsaron escaleras arriba en pos del baño grande, manoteé de la biblioteca un libro de la colección. Tuve incluso dos segundos de gracia para elegir uno de los varios que nunca leí.
Tigre Hotel, de Alejandro Manara.
Lo empecé en la citada circunstancia y anduve con el libro todo el día, fabricándome huecos de tiempo hasta terminarlo, leyendo con felicidad inesperada los dieciocho cuentos.
En Antes de que amanezca en Tapalqué hay un intercambio de parejas oscuro y tramposo. La gentileza de los desconocidos es una metáfora de cómo el arte porteño se coje al del interior. En realidad no muy metáfora. En Dos susqueñas una amistad desigual y ambigua se cristaliza con hechos definitivos.
En No te mueras sin que pueda hablarte:
En el auto quise hablarle de cómo había sido ser su hijo, de qué clase de madre había sido ella conmigo: lo que me había dado, lo que me había hecho ver siendo ella como era. Hace unos años pasé diez meses viviendo en su casa. Las noches en que el desasosiego me desvelaba, cuando nos encontrábamos en la oscuridad del pasillo caminando para que volviese el sueño, ella se ofrecía a calentarme una taza de leche. Buenas oportunidades para sentarnos a hablar, que yo creí tan inagotables como el insomnio y nunca aproveché. Me justificaba diciéndome que aún tenía tiempo por delante. A veces hasta me lo creía.
Episodio al pie de los Montes Dhola Dhar comienza así:
Habían pasado dos años del desembarco en Bombay. Dos años desde que diez mil oficiales italianos habíamos subido al convoy y remontado hacia el norte la línea de ferrocarril que pasa por Delhi y Jullundur. Dos años desde que trasbordamos a un tren pequeño y en él llegamos a Kangra y desde allí en camión hasta Yol. Es improbable que Yol aparezca en el mapa, pero está cerca de Dharmsala al pie de los montes Dhola Dhar, una estribación del Himalaya.
En el último cuento, Un hombre leyendo, el tipo termina de masturbarse en la pileta del baño y sale al patio a leer el diario del domingo. La sección cultural registra la muerte de un tal Raymond Carver. El hombre recuerda un cuento sobre los últimos días de Chejov pero no el título, algo con flores.
En la solapa hay una foto del autor. Tiene unos cuarenta años, pelo negro y piel trigueña. El copyright es de 1993.
Después googleé Alejandro Manara pero no encontré demasiado. Estudió literatura en Inglaterra, tradujo la correspondencia de Joyce con Italo Svevo, y en 1998 publicó un segundo volumen de cuentos, Bebiendo tristes, bailando graves.
También una foto más actual, con el pelo completamente encanecido, aparece en un sitio de citas para solos y solas.





por estos días ginebra bols, flores y este concierto de jack johnson. todo en repeat.



domingo, 19 de mayo de 2013

Justicia es el hábito de dar a cada cual lo que le corresponde
Domicius Ulpiano (Tiro,170 - Roma,228)






CENTRAL ES DE LA A. CENTRAL ES LA A








después de tanto estreñimiento
la lepra arranca con las pepas de carbón.
los amo putos sean tan felices como yo

martes, 14 de mayo de 2013




florencia



1
A las diez de la noche sonó el timbre. Mati pausó la play para atender. Tres amigos con pizzas y cocas.
Comieron jugando al pes y hablando al pedo.
Después Mati sacó su lata de la heladera, abrió la tapa y empezó a desmenuzar flores de un cogollo.
Armó dos gordos. Fumaron los cuatro.
Dos bajaron al kiosco a buscar fernet y más coca.
Hablaron, jugaron al guitar hero, subieron al face videos de mountain bike. Fumaron otra vez, pusieron artic monkeys, se fueron quedando dormidos.


2
Al otro día en la zapatería Fran preguntó por qué la cara.
Mati dijo que se había quedado hasta tarde con unos amigos. Y con florencia.
Fran dijo ah Florencia.
Sí florencia dijo Mati.
Llamaron desde la sucursal de la peatonal pidiendo unos pares. A Fran le tocaba y salió puteando.


3
Empujó la puerta de blindex, saludó a Florencia, siguió hasta el depósito.
Esteban le recibió las cajas. Fran le contó que Florencia había pasado la noche con Mati y otros vagos. Esteban abrió los ojos grandes y se frotó las manos.


4
Fran se fue. Atendieron unas clientas.
Sin apuntar al centro Esteban empezó a tirar.
Al tercer o cuarto dardo Florencia se dio cuenta y lo miró mal.
El siguió, apuntando cada vez mejor.
Ella se hartó y le dijo que te pasa nene te está pegando mal el faso.




La banda marplatense de indie electrónico Altocamet en un video con el team de nado sincronizado The Brooklyn Peaches. Tan azul.




domingo, 5 de mayo de 2013


El señor de las runas, el bardo del reich, el rasputín de himmler




Nacido en Viena en 1866, Karl María Wiligut decía tener el don de la clarividencia retrospectiva; en su caso se remontaba hasta al año 228.000 a.c.
Por aquellos tiempos, contaba Wiligut, la tierra estaba iluminada por tres soles y habitada por tres tribus que luchaban constantemente por el poder: enanos, gigantes y germanos.
Los enanos tenían la astucia y la codicia. Los gigantes la fuerza y la malicia. Los germanos la capacidad de acumular conocimiento.
150.000 años después (78.000 a.c.) la unión de los dioses del aire y del agua engendró la casta germana de los Wiligotis, que se impuso sobre las otras tribus y estableció un reino de paz y gloria basado en la religión irminista.
Los irministas manejaron en secreto los destinos del planeta por casi 80.000 años, hasta que el traidor Carlomagno logró imponer el cristianismo.
Karl María obviamente era el último heredero de la casta Wiligotis.
Por supuesto los exégetas irministas habían dejado el mundo lleno de secretos y pistas para acceder. La misión Karl María (lo sabía por las runas) era reunir a los herederos espirituales para retomar la senda del conocimiento y obrar en favor del reestablecimiento del poder ancestral.
Empezó a agitar con sus ideas y encontró cierto eco. En 1918 fundó una liga semisecreta llamada La escoba de hierro, dedicada fundamentalmente a perseguir judíos, a quienes consideraba el brazo ejecutor de una conspiración en su contra.
En 1924 lo ingresaron contra su voluntad en un manicomio de Salzburgo. Le diagnosticaron esquizofrenia agravada por megalomanía y delirios paranoicos. Como su primogénito (línea de transmisión) había muerto de niño, también había desarrollado un resentimiento profundo y violento con su esposa por no haberlo dotado de una genética resistente.
Wiligut dijo que su encierro probaba la veracidad de la conspiración. Y que la batalla final estaba cerca.
Tres años después sus seguidores (entre los que había gente influyente) lograron sacarlo, y lo conectaron con el más místico, fanático y desequilibrado de los altos mando nazis: el reischführer Heinrich Himmler.
Himmler lo adoptó como consejero y lo favoreció con la bien pagada misión de investigar la prehistoria de la raza aria.
La influencia intelectual del Brigadeführer Karl María Wiligut es tangible e intangible.
Tangible en el diseño del anillo de las SS (la calavera con cuatro runas), del castillo triangular llamado el ojo giratorio que fue la base física del movimiento ariosofista, y en la imposición de cierto ceremonial que potenciaba las ideas de superioridad metafísica de los arios.
Intangible pero tanto o más trascendente es cómo logró insuflar y potenciar un atmósfera de prepotencia mística.
Todo lo demás es materia conocida.
Karl María Wiligut murió en 1946 desangrado, con un tronco de palo borracho incrustado en el orto.
Naaaaaaaa mentira. tuvo un acv, unos meses de agonía, no soportó un viaje.



lo que te da terror
te define mejor



miércoles, 24 de abril de 2013


El sufijo del hombre





Una periodista de página 12 lo estaba entrevistando en el departamento de Colegiales. Eran las diez de una mañana de noviembre de 2008.
El entrevistado tomaba vino blanco y fumaba cigarrillos negros. Tenía 88 años y medio lamentaba haber dejado de machacar las teclas de su vieja remington.
No sé si he dado por terminada mi profesión de escritor, pero no estoy escribiendo ahora. Me rondan por la cabeza muchos asuntos que todavía no he trasladado al papel, pero no está excluido que vuelva a escribir.
Tres nombres se colaron en las respuestas, encendidos de respeto: John Dos Passos, Máximo Gorki, Abelardo Castillo.
También lo que se dice una definición.
Un cuento es un círculo cerrado, una piedra que cae en un estanque y provoca círculos concéntricos referidos al lugar del impacto. Y cuando se termina tiene que caer otra piedra y uno debe imaginarse todas las nuevas ondas que generará, las que se ven y las que subyacen.
Como todos los viejos vivía con una pata en el pasado. En esa pata se apoyó para contestar sobre la pobreza.
Ellos jugaban descalzos; nosotros teníamos zapatos de fútbol, medias, equipos. Muchas veces nos ganaban jugando descalzos. Recuerdo a uno de ellos, en algún cuento lo nombro, que era tan pobre que no tenía ni nombre. Se llamaba “el hijo de Juana”.
Madre, Juanele, Mastronardi, la militancia comunista, la dolorosa y temprana decepción con la unión soviética, el río gualeguay fueron tópicos que afloraron entre el humo.
Y el secreto de la longevidad.
Fumar un atado y medio de cigarrillos por día, tomar dos botellas de vino.
Y la premonición.
Soy de esos tipos que cuando se enferman, se mueren.
Honrando el sufijo de su apellido, hoy madrugada el maestro se fue a navegar por el otro lado de las cosas.
Sería de esperar que este definitivo recurso de promoción sirva para que muchos sean felices con las páginas que son su herencia.



lunes, 15 de abril de 2013


un cuentito viejo que me puse a corregir. la víbora se muerde la cola. capaz ahora está peor.





Veinticuatro y media



1
El acuerdo de convivencia de la escuela Jauretche establece que el rector o la rectora puede convocar cuando lo estime necesario a una suerte de cónclave de asesoramiento, llamado Consejo Consultivo. El consejo debe constituirse con un número no especificado de padres, alumnos y personal de la escuela. Su función es manifestarse sobre los hechos puestos a consideración, brindar elementos que contribuyan a una resolución satisfactoria y llegado el caso votar, por una o más iniciativas propuestas.
La mañana de un jueves de abril se arma uno de apuro. Lo integran la rectora, dos preceptoras, dos profesoras, la psicopedagoga, un padre y dos alumnos (el abanderado y el escolta izquierdo).
La rectora, una mujer obesa, de tono fatigado y jubilación inminente, invita a reunirse en su despacho.

                                                            
2
Tres amigas cursan el octavo B de la Jauretche. Deberían estar en noveno pero repitieron octavo.
Alguna afinidad las hace decirse amigas. Muestran cierta cohesión hacia el exterior, pero las raíces de la amistad no son profundas ni antiguas. Comparten recreos fumados en el baño, mañanas de nada o cibernada, y una cierta aversión adolescente por la autoridad.
El triángulo se resquebraja con la aparición de Bruno, mechas teñidas estilo carancho, piercings en la punta de la lengua y en la aleta izquierda de la nariz.
Bruno tiene diecisiete años, está en primero del polimodal y liga con Betiana, bucles rubios naturales, generosas tetas naturales.
Dalila y Débora, los vértices restantes, intentan cerrar filas frente al nuevo escenario. Es que Betiana no hace otra cosa que hablar de los atributos de Bruno —interprétese moto yamaha, galáctico celular, etc.— y ellas piensan que lo hace para provocarles envidia.
El amor permanece en estado de latencia, como una semilla enterrada en otoño.

                                                          
3
Pronto es evidente que el espacio para nueve personas y nueve sillas. La rectora manda a una de las preceptoras a buscar un aula vacía. En diez minutos vuelve sin resultados. Alguien sugiere la biblioteca. Alguien dice que la bibliotecaria tiene las llaves y está con licencia. Uno de los chicos baja dos pisos hasta el cuarto de maestranza y vuelve con un juego de llaves. Todos bajan un piso hasta la biblioteca. Prueban llaves hasta dar con la correcta.
Un vaho de humedad los recibe al entrar. Se sientan en sillas plásticas alrededor de una mesa larga. La otra preceptora lucha con la traba de una ventana hasta que consigue abrirla. Otro vaho, refrito de cebollas, viene a invadir el recinto desde una rotisería vecina.
La rectora abre un cuaderno de tapas rojas. Procede a informar a los presentes el objeto de la reunión.

                                                           
4
El amor, se sabe, tiene la capacidad de florecer en cualquier época del año. Por ejemplo la noche de un sábado de abril, en el ambiente caldoso de un boliche de la costanera.
Ambos han ido a bailar y ver el show de un músico de reggaetón llamado El Original. Bruno está con un amigo y la novia del amigo. Débora con la hermana y el novio de la hermana.
Los impetuosos besos y el frenético devenir de manos reclaman al día siguiente una estructura afectiva que los contenga. La tarde lluviosa del domingo se escurre entre copiosos mensajes de texto. Para no quedarse sin crédito deciden llamarse por teléfono fijo. Hablan horas. En el vaivén de la conversación los dos usan la misma palabra para definir lo que les pasa.
Al día siguiente el amor carga los átomos del aire enclaustrado del aula.
Llega el recreo de las explicaciones. Betiana no las quiere oír.
El triángulo termina de fragmentarse esa misma mañana dando lugar a dos frentes contrapuestos. Dalila y Betiana el bando hostil, decepcionado. Débora y Bruno el bando enamorado.
El martes la furia estalla propagando esquirlas afiladas, que Débora recibe desconcertada por la virulencia del rencor. Betiana le advierte que se cuide en un sentido general, y a la vez especifica:
—Cuidate hoy en el Berduc porque me vas a conocer.

                                                            
5
La rectora procede a leer tres actas labradas el día anterior en el cuaderno de tapas rojas.
La primera registra la comparecencia en la escuela, a la hora siete treinta, de la señora Estela Crápiz de Montenegro, madre de la alumna Débora Montenegro de octavo año B, para exponer los hechos acontecidos en el baño de mujeres del Parque Berduc durante la clase de educación física del martes tanto de abril. Consta en ella, además, un reconocimiento a la celeridad con que actuó la profesora trasladando a la alumna hasta la casa en su vehículo particular, y la ejecución de una denuncia policial que involucra a Betiana Gómez y Dalila Squilacce.
En la segunda la señora Zulema Jatib, madre de la alumna Betiana Gómez, citada en forma urgente por la rectoría, refiere no tener conocimiento alguno del episodio; y supone que en el caso de ser veraz la acusación de la alumna Montenegro, su hija bien pudo haber reaccionado después de una agresión previa. Declara que poco le importa una posible denuncia policial porque su actual pareja es agente de policía. Se compromete a conversar con su hija acerca de lo sucedido.
La tercer acta, explica la rectora antes de continuar leyendo, es la notoria confesión de la alumna Dalila Squilacce. Consta en ella el origen del incidente, la gestación de la venganza, los hechos con cierto detalle. La joven no se manifiesta arrepentida de sus actos, y dice que ante unas supuestas circunstancias similares procedería de igual modo.

                                                            
6
Antes que la calle Salta se convierta en Güemes al cruzar Moreno y bajar hacia el río, sobre un terreno de siete hectáreas donadas a la provincia en los años veinte del siglo pasado, está emplazado un parque deportivo que lleva el nombre del donante: Enrique Berduc.
Recién por los setenta se terminaron las instalaciones que concentrarían la actividad físico-deportiva de las escuelas secundarias carentes de espacio. Desde entonces, a seis cuadras del centro, hay una pista de atletismo de medidas reglamentarias, un campo de rugby o fútbol, canchas de básquet, tenis, vóley, handball, y un gimnasio cerrado con vestuarios. Miles de adolescentes lo visitan cada día hábil para dar su hora de educación física.
La espléndida siesta de un martes de abril las mujeres de octavo B de la Jauretche tienen física. La profesora las espera en la puerta, toma asistencia, las lleva hasta la pista de atletismo y manda trotar cuatro vueltas alrededor. Una alumna muy gorda la ayuda a inflar tres pelotas de vóley.

                                                           
7
Aunque todos los presentes tienen algún conocimiento de lo ocurrido, al escuchar la lectura de las actas se muestran consternados.
La rectora revela que en los cinco años que lleva al frente del colegio nunca le tocó arbitrar un hecho tan violento que involucrase a mujeres en horario de clases, e invita a opinar a los alumnos. Los dos consideran que a las agresoras hay que echarlas sin contemplaciones, y respaldan su convicción con detalles que saben sobre la conducta de las chicas. La psicopedagoga interrumpe para recordarles que ellos —en tanto alumnos, en tanto adolescentes— viven quejándose del autoritarismo de los adultos, pero está visto que puestos a juzgar son tanto más autoritarios e intolerantes.
La profesora de Lengua levanta un poco su diminuta voz para decir que las conoce bien porque las tuvo en octavo todo el año pasado y lo que va de éste, y que si bien Gómez, por ejemplo, suele causar problemas, la situación merece y debe contemplarse de un modo más abarcativo, teniendo en cuenta las circunstancias socio-familiares, la edad de las protagonistas, y siempre desde la posición de personas que han cometido, cometen y cometerán errores.
La profesora de Geografía, voz de fumar viruta, recuerda exasperada que ni la señora de Gómez ni la alumna Squilacce mostraron signos de arrepentimiento ni parecen comprender la gravedad de la situación.
Las voces se superponen argumentando a favor y en contra de las dos posiciones instaladas: echarlas sin más, o no echarlas y decidir una sanción.

                                                           
8
Media hora después del comienzo de la clase Débora pide y obtiene permiso para ir al baño. Un vaho rancio de orina la recibe al entrar. Descarta tres inodoros por mugrientos. Encuentra uno en condiciones aceptables y descarga la vejiga repleta. Cuando sale del cubículo, Betiana y Dalila están ahí.
—Puta de mierda y la concha de tu madre —dice Betiana, y le estampa una cachetada que reverbera en el recinto vacío. Dalila se abalanza, la tumba y se tira encima. Débora se contorsiona intentando zafar. Betiana revienta una y otra vez la punta de sus reebok en huesos, músculos y cavidades hasta que no ofrece resistencia y el cuerpo parece una bolsa desparramada en el piso lleno de barro y aguas sospechosas.
Dolida y dolorida, Débora supone que la tunda ha terminado y se levanta. Llorando, pregunta por qué.
—Por puta —dice Betiana y descarga el puño cerrado sobre la oreja derecha.
—Por puta —repite Dalila y la empuja hacia atrás con las dos manos.
Débora cae. La cabeza pega contra el canto de uno de los muros que separan los cubículos.
Betiana y Dalila ven las baldosas mancharse de rojo. Vuelven corriendo a la cancha de vóley. Avisan que Débora se cayó. Aprovechan la confusión para irse de la clase.

                                                            
9
La discusión recrudece. La rectora explica que con las nuevas disposiciones provinciales es muy difícil para las escuelas expulsar alumnos, que se necesita un aval superior que tiende a no avalar; y que en caso de prosperar la expulsión se extendería a todo el sistema educativo, no sólo a esa escuela en particular. Algunos piensan que es un castigo demasiado severo, otros que la conducta lo amerita, y otra vez parece que nunca va a salir algo concreto de esa reunión.
Media hora más tarde florece un principio de acuerdo, inesperado como el amor.
Se resuelve citar a los padres de las alumnas Gómez y Squilacce para prevenirlos sobre los alcances de la expulsión, invitarlos a reflexionar con sus hijas acerca de lo sucedido, y notificarlos de la aplicación de un número ejemplificador de amonestaciones.
Sobre veinticinco posibles, veinticuatro y media.





y este muchacho rjd2, que va y viene del futuro.



sábado, 2 de marzo de 2013


La perfecta casada





Tuve que leer un ensayo de Fray Luis de León, monumento de titanio de la poesía española. Se llama La perfecta casada, y es un caso raro en el mercado editorial. Un texto considerado menor dentro de la obra, reeditado innumerables veces.
Después de leerlo sentí que había encontrado las fuentes de alguna cosa, una referencia histórica para ver el presente de otra forma.
Intercambié correos con el licenciado Furch. A través de él supe que hasta entrado el siglo veinte era común encontrar La perfecta casada en los estantes de muchos hogares de España y Latinoamérica, y que era un regalo habitual entre mujeres.
A una semana del 8 de marzo, con todo el morbo que me caracteriza, transcribo algunos parrafillos.

¿Por qué les dió a las mujeres Dios las fuerzas flacas, y los miembros muelles, sino porque los crió, no por ser postas, sino para estar en su rincón asentadas? (...) Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son  y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola.

Impresionante lo de miembros muelles.

Se desenfrenan más que los hombres y pasan la raya mucho más y no tiene tasa ni fin su apetito. Y si comienzan a destemplarse, se destemplan sin término, y son como un pozo sin suelo, que nada les basta, y como una carcoma, que de continuo roe, y como una llama encubierta, que se enciende sin sentir por la casa y por la hacienda, hasta que la consume. (...) si dan en golosear, toda la vida es el almuerzo y la merienda, y la huerta y la comadre, y el día bueno; y, si dan en galas, pasa el negocio de pasión y llega a increíble desatino y locura, porque hoy un vestido y mañana otro, y cada fiesta con el suyo; y lo que hoy hacen, mañana lo deshacen, y cuanto ven, tanto se les antoja. (...) y todo nuevo, y todo reciente, y todo hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo mañana.

Si comienzan a destemplarse.
Si dan en golosear.

Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola.
Los chinos, en nasciendo, les tuercen a las niñas los pies, por que cuando sean mujeres no los tengan para salir fuera, y porque, para andar en su casa, aquellos torcidos les bastan. Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres el hablar y el salir a la luz, así dellas el encerrarse y encubrirse.

Y un último consejito, tal vez el más importante.

Por más áspero y de más fieras condiciones que el marido sea, es necesario que la mujer le soporte y que no consienta por ninguna ocasión que se divida la paz. ¡Oh, que es un verdugo! ¡Pero es tu marido! ¡Es un beodo! Pero el ñudo matrimonial le hizo contigo uno. ¡Un áspero, un desapacible! Pero miembro tuyo ya, y miembro el más principal. (...) naturaleza y estado pone obligación en la casada, como decimos, de mirar por su casa y de alegrar y de cuidar continuamente a su marido, de la cual ninguna mala condición dél la desobliga.

Por supuesto esto da la medida de ciertos avances que no pueden negarse. También se encuadra dentro de la lógica del todos los avances de la humanidad, que llegan a un porcentaje minoritario de la población.
Y después Fray Luis sigue siendo un gran poeta, uno de los más sobrios, sabios y equilibrados poetas de la lengua. A mí siempre me gustó esa cosa de sincronizar el ascetismo temático y el formal. Como todos saben tengo una gran tendencia al ascetismo.
Del primer libro de sus Obras poéticas, termino el post con el principio de una lira técnicamente perfecta, tres heptasílabos A y dos endecasílabos B, dispuestos ABAAB.


¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;...



Música austríaca, 4000 reproducciones en you tube. De nada.



domingo, 27 de enero de 2013


Sandokán en sala 4





Cuando Aldo tenía cuatro años su mamá lo dejó en la casa de la abuela, junto con un hermanito de un año y medio y una hermanita de cinco meses. Fue la última vez que la vieron.
La abuela trabajaba en el pueblo y no estaba nunca. Había un tío, siempre borracho. Aldo y los otros crecieron guachos. Pasaban los días en las barrancas sobre el río o en el mismo río. Casi todos los años empezaban la escuela y la dejaban en invierno.
Al oeste de la casa de la abuela de Aldo, sobre la ruta 8, había (o hay) una whiskería donde paraban los camioneros que iban a buscar yeso a Piedras Blancas. Ahí el tío, después de satisfacerse durante años con los sobrinos, se encaprichó con una puta y la llevó a vivir al rancho.
Al tiempo se cansó de usarla y empezó a obligar a Aldo a cojerse a la puta mientras él miraba.
La puta era de Corrientes, y tenía HIV.


Lo ingresaron con un cuadro de encefalitis y alteraciones neurológicas. La tomografía mostró lesiones compatibles con toxoplasmosis cerebral, una de las infecciones más frecuentes en pacientes con SIDA.
Los parásitos le están carcomiendo el cerebro.
Los hongos le están carcomiendo la boca y la garganta.
Salpicado por el herpes, alimentado por sonda y suero, medicado con toda la batería disponible, Aldo pasa los días previos a su cumpleaños 14 en la sala 4 del hospital San Roque.
Dice que sabe que se va a morir.
—Porque hice cosas malas.
La historia es una perlita de los primeros días de trabajo de mi mujer en el susodicho nosocomio.
A Aldo le gusta leer, pero ya no puede porque la toxoplasmosis le tomó los ojos.


Ayer a la siesta fui a verlo con varios libros en la mochila. Hablamos un rato de pesca y después le pregunté si me dejaba leerle alguna historia.
Eligió una de Sandokán: Los tigres de Mompracem.
Por la parte en que Sandokán se despierta en la casa de Lord James, antes de conocer a Mariana, el jefe de sala entró con la cimitarra y dijo que ya era suficiente. Mi garganta tenía la misma sensación. Quedamos en seguir el próximo fin de semana.
Salí del hospital pensando que el próximo fin de semana Aldo puede no estar, no ser. Llegué a casa pensando que esa posibilidad también cabe para cualquiera de nosotros.
También pensé (pero eso lo pienso siempre) que vivimos en una putrefacta bola de mierda, y que lo mejor que podría pasar es que nos choque el meteorito y que despertemos siendo parásitos, carcomiendo cerebros en un planeta a diez mil años luz de distancia.



nada es mejor / nada es igual / el tiempo es amigo si estás donde estás



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