domingo, 5 de mayo de 2013


El señor de las runas, el bardo del reich, el rasputín de himmler




Nacido en Viena en 1866, Karl María Wiligut decía tener el don de la clarividencia retrospectiva; en su caso se remontaba hasta al año 228.000 a.c.
Por aquellos tiempos, contaba Wiligut, la tierra estaba iluminada por tres soles y habitada por tres tribus que luchaban constantemente por el poder: enanos, gigantes y germanos.
Los enanos tenían la astucia y la codicia. Los gigantes la fuerza y la malicia. Los germanos la capacidad de acumular conocimiento.
150.000 años después (78.000 a.c.) la unión de los dioses del aire y del agua engendró la casta germana de los Wiligotis, que se impuso sobre las otras tribus y estableció un reino de paz y gloria basado en la religión irminista.
Los irministas manejaron en secreto los destinos del planeta por casi 80.000 años, hasta que el traidor Carlomagno logró imponer el cristianismo.
Karl María obviamente era el último heredero de la casta Wiligotis.
Por supuesto los exégetas irministas habían dejado el mundo lleno de secretos y pistas para acceder. La misión Karl María (lo sabía por las runas) era reunir a los herederos espirituales para retomar la senda del conocimiento y obrar en favor del reestablecimiento del poder ancestral.
Empezó a agitar con sus ideas y encontró cierto eco. En 1918 fundó una liga semisecreta llamada La escoba de hierro, dedicada fundamentalmente a perseguir judíos, a quienes consideraba el brazo ejecutor de una conspiración en su contra.
En 1924 lo ingresaron contra su voluntad en un manicomio de Salzburgo. Le diagnosticaron esquizofrenia agravada por megalomanía y delirios paranoicos. Como su primogénito (línea de transmisión) había muerto de niño, también había desarrollado un resentimiento profundo y violento con su esposa por no haberlo dotado de una genética resistente.
Wiligut dijo que su encierro probaba la veracidad de la conspiración. Y que la batalla final estaba cerca.
Tres años después sus seguidores (entre los que había gente influyente) lograron sacarlo, y lo conectaron con el más místico, fanático y desequilibrado de los altos mando nazis: el reischführer Heinrich Himmler.
Himmler lo adoptó como consejero y lo favoreció con la bien pagada misión de investigar la prehistoria de la raza aria.
La influencia intelectual del Brigadeführer Karl María Wiligut es tangible e intangible.
Tangible en el diseño del anillo de las SS (la calavera con cuatro runas), del castillo triangular llamado el ojo giratorio que fue la base física del movimiento ariosofista, y en la imposición de cierto ceremonial que potenciaba las ideas de superioridad metafísica de los arios.
Intangible pero tanto o más trascendente es cómo logró insuflar y potenciar un atmósfera de prepotencia mística.
Todo lo demás es materia conocida.
Karl María Wiligut murió en 1946 desangrado, con un tronco de palo borracho incrustado en el orto.
Naaaaaaaa mentira. tuvo un acv, unos meses de agonía, no soportó un viaje.



lo que te da terror
te define mejor



miércoles, 24 de abril de 2013


El sufijo del hombre





Una periodista de página 12 lo estaba entrevistando en el departamento de Colegiales. Eran las diez de una mañana de noviembre de 2008.
El entrevistado tomaba vino blanco y fumaba cigarrillos negros. Tenía 88 años y medio lamentaba haber dejado de machacar las teclas de su vieja remington.
No sé si he dado por terminada mi profesión de escritor, pero no estoy escribiendo ahora. Me rondan por la cabeza muchos asuntos que todavía no he trasladado al papel, pero no está excluido que vuelva a escribir.
Tres nombres se colaron en las respuestas, encendidos de respeto: John Dos Passos, Máximo Gorki, Abelardo Castillo.
También lo que se dice una definición.
Un cuento es un círculo cerrado, una piedra que cae en un estanque y provoca círculos concéntricos referidos al lugar del impacto. Y cuando se termina tiene que caer otra piedra y uno debe imaginarse todas las nuevas ondas que generará, las que se ven y las que subyacen.
Como todos los viejos vivía con una pata en el pasado. En esa pata se apoyó para contestar sobre la pobreza.
Ellos jugaban descalzos; nosotros teníamos zapatos de fútbol, medias, equipos. Muchas veces nos ganaban jugando descalzos. Recuerdo a uno de ellos, en algún cuento lo nombro, que era tan pobre que no tenía ni nombre. Se llamaba “el hijo de Juana”.
Madre, Juanele, Mastronardi, la militancia comunista, la dolorosa y temprana decepción con la unión soviética, el río gualeguay fueron tópicos que afloraron entre el humo.
Y el secreto de la longevidad.
Fumar un atado y medio de cigarrillos por día, tomar dos botellas de vino.
Y la premonición.
Soy de esos tipos que cuando se enferman, se mueren.
Honrando el sufijo de su apellido, hoy madrugada el maestro se fue a navegar por el otro lado de las cosas.
Sería de esperar que este definitivo recurso de promoción sirva para que muchos sean felices con las páginas que son su herencia.



lunes, 15 de abril de 2013


un cuentito viejo que me puse a corregir. la víbora se muerde la cola. capaz ahora está peor.





Veinticuatro y media



1
El acuerdo de convivencia de la escuela Jauretche establece que el rector o la rectora puede convocar cuando lo estime necesario a una suerte de cónclave de asesoramiento, llamado Consejo Consultivo. El consejo debe constituirse con un número no especificado de padres, alumnos y personal de la escuela. Su función es manifestarse sobre los hechos puestos a consideración, brindar elementos que contribuyan a una resolución satisfactoria y llegado el caso votar, por una o más iniciativas propuestas.
La mañana de un jueves de abril se arma uno de apuro. Lo integran la rectora, dos preceptoras, dos profesoras, la psicopedagoga, un padre y dos alumnos (el abanderado y el escolta izquierdo).
La rectora, una mujer obesa, de tono fatigado y jubilación inminente, invita a reunirse en su despacho.

                                                            
2
Tres amigas cursan el octavo B de la Jauretche. Deberían estar en noveno pero repitieron octavo.
Alguna afinidad las hace decirse amigas. Muestran cierta cohesión hacia el exterior, pero las raíces de la amistad no son profundas ni antiguas. Comparten recreos fumados en el baño, mañanas de nada o cibernada, y una cierta aversión adolescente por la autoridad.
El triángulo se resquebraja con la aparición de Bruno, mechas teñidas estilo carancho, piercings en la punta de la lengua y en la aleta izquierda de la nariz.
Bruno tiene diecisiete años, está en primero del polimodal y liga con Betiana, bucles rubios naturales, generosas tetas naturales.
Dalila y Débora, los vértices restantes, intentan cerrar filas frente al nuevo escenario. Es que Betiana no hace otra cosa que hablar de los atributos de Bruno —interprétese moto yamaha, galáctico celular, etc.— y ellas piensan que lo hace para provocarles envidia.
El amor permanece en estado de latencia, como una semilla enterrada en otoño.

                                                          
3
Pronto es evidente que el espacio para nueve personas y nueve sillas. La rectora manda a una de las preceptoras a buscar un aula vacía. En diez minutos vuelve sin resultados. Alguien sugiere la biblioteca. Alguien dice que la bibliotecaria tiene las llaves y está con licencia. Uno de los chicos baja dos pisos hasta el cuarto de maestranza y vuelve con un juego de llaves. Todos bajan un piso hasta la biblioteca. Prueban llaves hasta dar con la correcta.
Un vaho de humedad los recibe al entrar. Se sientan en sillas plásticas alrededor de una mesa larga. La otra preceptora lucha con la traba de una ventana hasta que consigue abrirla. Otro vaho, refrito de cebollas, viene a invadir el recinto desde una rotisería vecina.
La rectora abre un cuaderno de tapas rojas. Procede a informar a los presentes el objeto de la reunión.

                                                           
4
El amor, se sabe, tiene la capacidad de florecer en cualquier época del año. Por ejemplo la noche de un sábado de abril, en el ambiente caldoso de un boliche de la costanera.
Ambos han ido a bailar y ver el show de un músico de reggaetón llamado El Original. Bruno está con un amigo y la novia del amigo. Débora con la hermana y el novio de la hermana.
Los impetuosos besos y el frenético devenir de manos reclaman al día siguiente una estructura afectiva que los contenga. La tarde lluviosa del domingo se escurre entre copiosos mensajes de texto. Para no quedarse sin crédito deciden llamarse por teléfono fijo. Hablan horas. En el vaivén de la conversación los dos usan la misma palabra para definir lo que les pasa.
Al día siguiente el amor carga los átomos del aire enclaustrado del aula.
Llega el recreo de las explicaciones. Betiana no las quiere oír.
El triángulo termina de fragmentarse esa misma mañana dando lugar a dos frentes contrapuestos. Dalila y Betiana el bando hostil, decepcionado. Débora y Bruno el bando enamorado.
El martes la furia estalla propagando esquirlas afiladas, que Débora recibe desconcertada por la virulencia del rencor. Betiana le advierte que se cuide en un sentido general, y a la vez especifica:
—Cuidate hoy en el Berduc porque me vas a conocer.

                                                            
5
La rectora procede a leer tres actas labradas el día anterior en el cuaderno de tapas rojas.
La primera registra la comparecencia en la escuela, a la hora siete treinta, de la señora Estela Crápiz de Montenegro, madre de la alumna Débora Montenegro de octavo año B, para exponer los hechos acontecidos en el baño de mujeres del Parque Berduc durante la clase de educación física del martes tanto de abril. Consta en ella, además, un reconocimiento a la celeridad con que actuó la profesora trasladando a la alumna hasta la casa en su vehículo particular, y la ejecución de una denuncia policial que involucra a Betiana Gómez y Dalila Squilacce.
En la segunda la señora Zulema Jatib, madre de la alumna Betiana Gómez, citada en forma urgente por la rectoría, refiere no tener conocimiento alguno del episodio; y supone que en el caso de ser veraz la acusación de la alumna Montenegro, su hija bien pudo haber reaccionado después de una agresión previa. Declara que poco le importa una posible denuncia policial porque su actual pareja es agente de policía. Se compromete a conversar con su hija acerca de lo sucedido.
La tercer acta, explica la rectora antes de continuar leyendo, es la notoria confesión de la alumna Dalila Squilacce. Consta en ella el origen del incidente, la gestación de la venganza, los hechos con cierto detalle. La joven no se manifiesta arrepentida de sus actos, y dice que ante unas supuestas circunstancias similares procedería de igual modo.

                                                            
6
Antes que la calle Salta se convierta en Güemes al cruzar Moreno y bajar hacia el río, sobre un terreno de siete hectáreas donadas a la provincia en los años veinte del siglo pasado, está emplazado un parque deportivo que lleva el nombre del donante: Enrique Berduc.
Recién por los setenta se terminaron las instalaciones que concentrarían la actividad físico-deportiva de las escuelas secundarias carentes de espacio. Desde entonces, a seis cuadras del centro, hay una pista de atletismo de medidas reglamentarias, un campo de rugby o fútbol, canchas de básquet, tenis, vóley, handball, y un gimnasio cerrado con vestuarios. Miles de adolescentes lo visitan cada día hábil para dar su hora de educación física.
La espléndida siesta de un martes de abril las mujeres de octavo B de la Jauretche tienen física. La profesora las espera en la puerta, toma asistencia, las lleva hasta la pista de atletismo y manda trotar cuatro vueltas alrededor. Una alumna muy gorda la ayuda a inflar tres pelotas de vóley.

                                                           
7
Aunque todos los presentes tienen algún conocimiento de lo ocurrido, al escuchar la lectura de las actas se muestran consternados.
La rectora revela que en los cinco años que lleva al frente del colegio nunca le tocó arbitrar un hecho tan violento que involucrase a mujeres en horario de clases, e invita a opinar a los alumnos. Los dos consideran que a las agresoras hay que echarlas sin contemplaciones, y respaldan su convicción con detalles que saben sobre la conducta de las chicas. La psicopedagoga interrumpe para recordarles que ellos —en tanto alumnos, en tanto adolescentes— viven quejándose del autoritarismo de los adultos, pero está visto que puestos a juzgar son tanto más autoritarios e intolerantes.
La profesora de Lengua levanta un poco su diminuta voz para decir que las conoce bien porque las tuvo en octavo todo el año pasado y lo que va de éste, y que si bien Gómez, por ejemplo, suele causar problemas, la situación merece y debe contemplarse de un modo más abarcativo, teniendo en cuenta las circunstancias socio-familiares, la edad de las protagonistas, y siempre desde la posición de personas que han cometido, cometen y cometerán errores.
La profesora de Geografía, voz de fumar viruta, recuerda exasperada que ni la señora de Gómez ni la alumna Squilacce mostraron signos de arrepentimiento ni parecen comprender la gravedad de la situación.
Las voces se superponen argumentando a favor y en contra de las dos posiciones instaladas: echarlas sin más, o no echarlas y decidir una sanción.

                                                           
8
Media hora después del comienzo de la clase Débora pide y obtiene permiso para ir al baño. Un vaho rancio de orina la recibe al entrar. Descarta tres inodoros por mugrientos. Encuentra uno en condiciones aceptables y descarga la vejiga repleta. Cuando sale del cubículo, Betiana y Dalila están ahí.
—Puta de mierda y la concha de tu madre —dice Betiana, y le estampa una cachetada que reverbera en el recinto vacío. Dalila se abalanza, la tumba y se tira encima. Débora se contorsiona intentando zafar. Betiana revienta una y otra vez la punta de sus reebok en huesos, músculos y cavidades hasta que no ofrece resistencia y el cuerpo parece una bolsa desparramada en el piso lleno de barro y aguas sospechosas.
Dolida y dolorida, Débora supone que la tunda ha terminado y se levanta. Llorando, pregunta por qué.
—Por puta —dice Betiana y descarga el puño cerrado sobre la oreja derecha.
—Por puta —repite Dalila y la empuja hacia atrás con las dos manos.
Débora cae. La cabeza pega contra el canto de uno de los muros que separan los cubículos.
Betiana y Dalila ven las baldosas mancharse de rojo. Vuelven corriendo a la cancha de vóley. Avisan que Débora se cayó. Aprovechan la confusión para irse de la clase.

                                                            
9
La discusión recrudece. La rectora explica que con las nuevas disposiciones provinciales es muy difícil para las escuelas expulsar alumnos, que se necesita un aval superior que tiende a no avalar; y que en caso de prosperar la expulsión se extendería a todo el sistema educativo, no sólo a esa escuela en particular. Algunos piensan que es un castigo demasiado severo, otros que la conducta lo amerita, y otra vez parece que nunca va a salir algo concreto de esa reunión.
Media hora más tarde florece un principio de acuerdo, inesperado como el amor.
Se resuelve citar a los padres de las alumnas Gómez y Squilacce para prevenirlos sobre los alcances de la expulsión, invitarlos a reflexionar con sus hijas acerca de lo sucedido, y notificarlos de la aplicación de un número ejemplificador de amonestaciones.
Sobre veinticinco posibles, veinticuatro y media.





y este muchacho rjd2, que va y viene del futuro.



sábado, 2 de marzo de 2013


La perfecta casada





Tuve que leer un ensayo de Fray Luis de León, monumento de titanio de la poesía española. Se llama La perfecta casada, y es un caso raro en el mercado editorial. Un texto considerado menor dentro de la obra, reeditado innumerables veces.
Después de leerlo sentí que había encontrado las fuentes de alguna cosa, una referencia histórica para ver el presente de otra forma.
Intercambié correos con el licenciado Furch. A través de él supe que hasta entrado el siglo veinte era común encontrar La perfecta casada en los estantes de muchos hogares de España y Latinoamérica, y que era un regalo habitual entre mujeres.
A una semana del 8 de marzo, con todo el morbo que me caracteriza, transcribo algunos parrafillos.

¿Por qué les dió a las mujeres Dios las fuerzas flacas, y los miembros muelles, sino porque los crió, no por ser postas, sino para estar en su rincón asentadas? (...) Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son  y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola.

Impresionante lo de miembros muelles.

Se desenfrenan más que los hombres y pasan la raya mucho más y no tiene tasa ni fin su apetito. Y si comienzan a destemplarse, se destemplan sin término, y son como un pozo sin suelo, que nada les basta, y como una carcoma, que de continuo roe, y como una llama encubierta, que se enciende sin sentir por la casa y por la hacienda, hasta que la consume. (...) si dan en golosear, toda la vida es el almuerzo y la merienda, y la huerta y la comadre, y el día bueno; y, si dan en galas, pasa el negocio de pasión y llega a increíble desatino y locura, porque hoy un vestido y mañana otro, y cada fiesta con el suyo; y lo que hoy hacen, mañana lo deshacen, y cuanto ven, tanto se les antoja. (...) y todo nuevo, y todo reciente, y todo hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo mañana.

Si comienzan a destemplarse.
Si dan en golosear.

Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola.
Los chinos, en nasciendo, les tuercen a las niñas los pies, por que cuando sean mujeres no los tengan para salir fuera, y porque, para andar en su casa, aquellos torcidos les bastan. Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres el hablar y el salir a la luz, así dellas el encerrarse y encubrirse.

Y un último consejito, tal vez el más importante.

Por más áspero y de más fieras condiciones que el marido sea, es necesario que la mujer le soporte y que no consienta por ninguna ocasión que se divida la paz. ¡Oh, que es un verdugo! ¡Pero es tu marido! ¡Es un beodo! Pero el ñudo matrimonial le hizo contigo uno. ¡Un áspero, un desapacible! Pero miembro tuyo ya, y miembro el más principal. (...) naturaleza y estado pone obligación en la casada, como decimos, de mirar por su casa y de alegrar y de cuidar continuamente a su marido, de la cual ninguna mala condición dél la desobliga.

Por supuesto esto da la medida de ciertos avances que no pueden negarse. También se encuadra dentro de la lógica del todos los avances de la humanidad, que llegan a un porcentaje minoritario de la población.
Y después Fray Luis sigue siendo un gran poeta, uno de los más sobrios, sabios y equilibrados poetas de la lengua. A mí siempre me gustó esa cosa de sincronizar el ascetismo temático y el formal. Como todos saben tengo una gran tendencia al ascetismo.
Del primer libro de sus Obras poéticas, termino el post con el principio de una lira técnicamente perfecta, tres heptasílabos A y dos endecasílabos B, dispuestos ABAAB.


¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;...



Música austríaca, 4000 reproducciones en you tube. De nada.



domingo, 27 de enero de 2013


Sandokán en sala 4





Cuando Aldo tenía cuatro años su mamá lo dejó en la casa de la abuela, junto con un hermanito de un año y medio y una hermanita de cinco meses. Fue la última vez que la vieron.
La abuela trabajaba en el pueblo y no estaba nunca. Había un tío, siempre borracho. Aldo y los otros crecieron guachos. Pasaban los días en las barrancas sobre el río o en el mismo río. Casi todos los años empezaban la escuela y la dejaban en invierno.
Al oeste de la casa de la abuela de Aldo, sobre la ruta 8, había (o hay) una whiskería donde paraban los camioneros que iban a buscar yeso a Piedras Blancas. Ahí el tío, después de satisfacerse durante años con los sobrinos, se encaprichó con una puta y la llevó a vivir al rancho.
Al tiempo se cansó de usarla y empezó a obligar a Aldo a cojerse a la puta mientras él miraba.
La puta era de Corrientes, y tenía HIV.


Lo ingresaron con un cuadro de encefalitis y alteraciones neurológicas. La tomografía mostró lesiones compatibles con toxoplasmosis cerebral, una de las infecciones más frecuentes en pacientes con SIDA.
Los parásitos le están carcomiendo el cerebro.
Los hongos le están carcomiendo la boca y la garganta.
Salpicado por el herpes, alimentado por sonda y suero, medicado con toda la batería disponible, Aldo pasa los días previos a su cumpleaños 14 en la sala 4 del hospital San Roque.
Dice que sabe que se va a morir.
—Porque hice cosas malas.
La historia es una perlita de los primeros días de trabajo de mi mujer en el susodicho nosocomio.
A Aldo le gusta leer, pero ya no puede porque la toxoplasmosis le tomó los ojos.


Ayer a la siesta fui a verlo con varios libros en la mochila. Hablamos un rato de pesca y después le pregunté si me dejaba leerle alguna historia.
Eligió una de Sandokán: Los tigres de Mompracem.
Por la parte en que Sandokán se despierta en la casa de Lord James, antes de conocer a Mariana, el jefe de sala entró con la cimitarra y dijo que ya era suficiente. Mi garganta tenía la misma sensación. Quedamos en seguir el próximo fin de semana.
Salí del hospital pensando que el próximo fin de semana Aldo puede no estar, no ser. Llegué a casa pensando que esa posibilidad también cabe para cualquiera de nosotros.
También pensé (pero eso lo pienso siempre) que vivimos en una putrefacta bola de mierda, y que lo mejor que podría pasar es que nos choque el meteorito y que despertemos siendo parásitos, carcomiendo cerebros en un planeta a diez mil años luz de distancia.



nada es mejor / nada es igual / el tiempo es amigo si estás donde estás



martes, 8 de enero de 2013


Un cuarto en dos mitades




Después de media mañana entre policías me dolía la cabeza como en un ataque de hígado. Todo por el mugroso papel que certifica que soy un ciudadano de buena conducta.
De vuelta pasé por No Problem a saludar por fin de año.
Raro, Simón estaba sin su eterna gorra de visera plana, doblando remeras. Raro, escuchando a todo gas Hellow Nasty de los Beastie Boys.
Le pregunté cómo andaba.
—Bien. Medio mal mambeado.
Lo miré torcido y se puso a explicarme.
Había ido el día anterior a Seguí, en moto, a la colación del secundario de una prima. Y había tenido una serie de complicaciones.
Primero pasó de largo la entrada al pueblo sobre la ruta. Se dio cuenta cuando estaba llegando a Viale, pero en vez de volver por la 18 había retrocedido por caminos internos y se había “enterrado hasta las bolas” en el barro de la última lluvia.
Había llegado embarrado a la colación, al pueblo de sus parientes donde ya lo tenían de vago, según él por la ropa y las rastas y capaz también por el olor a faso.


Entró un flaco y preguntó por turbinas.
Simón le mostró varias, muchas, incluso una con filtro de esponja marina que le daba un efecto “vaporizador”. El flaco dijo que era de Uruguay y que allá no se conseguían. Le pregunté por lo del faso del gobierno. No sabía nada. Estaba desde febrero en Paraná, ahora volvía para las fiestas y le llevaba la turbina de regalo a un amigo. Se notaba que estaba orgulloso.
Simón preparó mate y siguió con el relato de su mal mambo.
La colación había estado buena —sobre todo por las compañeras de la prima— y después habían ido a comer pizzas a la chacra de una tal Marianela. Habían tomado mucho tequila y vodka y ácidos hofmann. Simón había cortado un cuarto en dos mitades y se había puesto una en cada ojo. Así —dijo— le pegaba más rápido. Pero los ojos le habían empezado a arder mal y después a lagrimear, y había pintado un viaje paranoico. De no soportar a nadie. Ni a él mismo.
—No era ácido, era sal de anfetas —dijo el uruguayo —te la venden como ácido pero nada que ver.
A Simón le interesó saber la diferencia. El flaco ya había pagado y guardado su turbina (una chiquita de acero color verde) en la mochila. Explicó que las sales eran un compuesto anfetamínico muy potente y que había varias, todas terminadas en ato (sulfato, tartrato, fosfato).
—Son las bombitas, los pinipones, esas pepas de mierda que te aceleran mal.
Simón dijo que por eso estaba sin dormir y no tenía nada de sueño. Se armó la típica conversación acerca de que nadie sabe la mierda que está comprando porque no hay controles, y que no hay controles porque no se legaliza, etc.


Después de perderse entre los árboles de la chacra se le había metido en la cabeza que en las ramas estaban llenas de víboras y arañas (tópicos típicos del estado paranoide), y le había agarrado una sed urgente de alcohol.
No sabe cuánto tiempo había dado vueltas tratando de volver a la fiesta. Supone un altercado con un alambre de púas; se levantó la remera y estaban los pinchazos. Recuerda el rostro de un toro, pero no puede asegurar que haya existido realmente.
El uruguayo asentía con cara de estudiante de ingeniería preocupado. Era flaco, alto, peinado con raya al costado y ropa “normal”. De esos fumadores post despenalización, que los ves por la calle y lo que menos te imaginás es que fuman. Cuando se fue, Simón terminó de relatar su amable velada.
En un momento, sin saber cómo, había vuelto a la casa de la chacra, y no encontraba su mochila para volver a Paraná.
—Fue el destino —dijo —como estaba no iba a llegar ni a la ruta.
Hasta ahora (nadie conectado para preguntar) ni noticias de la mochila.
—Todos fisurados, los pendejos.
En la mochila tenía las llaves de la moto y de la casa de la madre, el teléfono, la billetera con documentos, un buzo, papeles del negocio, picador, papel de armar y una piedra de faso prensado —lo que más lamenta.
Al amanecer había empezado a bajar un poco. Cerca de las nueve lo habían traído en auto hasta el negocio.
Ahora estaba perfecto, dijo, capaz que sí, un poco acelerado.


Matías entró, saludó y se desparramó en un puff del negocio.
Simón le pidió que cerrara bien la puerta por el aire acondicionado. Matías se levantó puteando, cerró y volvió a desparramarse.
Abrió su morral de hilos de colores, metió una mano adentro y estuvo así colgado unos minutos, como buscando algo.
Mientras ponía a calentar otro termo de agua le pregunté dónde iba a pasar el 31.
Iba a comer con la madre, después de las doce pasaba por lo del padre, y después se juntaban en lo de una amiga que tenía pileta.
Matías venía a invitar a Simón (ya que estaba a mí también) a una jornada de conferencias que organizaba el Club Cannábico de Rosario, el sábado 5 de enero. Conferencias sobre cultivo indoor/outdoor, genética, bancos de semillas, elaboración de hachís, aspectos legales y otras que no se acordaba. La acreditación (sic) costaba 50 pesos, y daba acceso a todas las conferencias y rondas de degustación de diferentes variedades.
También comentó que estaba pensando en armar un club de cultivo. Enumeró ventajas y desventajas del indoor y el outdoor, rendimientos, rotación de plantas, formas de sostener el emprendimiento y repartir sus frutos —flores. Sacó un cuaderno de la mochila y nos mostró dibujos que había hecho de armarios para indoor. También cálculos de costos y teléfonos de los lugares donde había averiguado precios.
Le pregunté si pensaba plantar semillas de banco o cualquiera. Dijo que a él lo de los bancos le parecía un curro de los holandeses, y que tenía amigos que habían sacado plantas de impresionante rendimiento, resistencia y psicoactividad cruzando hembras y machos de distintos prensados paraguayos.


Cuando entró el artesano y desparramó una mochila de pipas hechas con caracoles sobre el mostrador, yo sentí que ya era demasiado para un jueves a las once de la mañana.
Saludé a los tres, les deseé las cosas que se desean en fin de año y salí de No Problem intoxicado de falopa verbal.
Respiré hondo el aire caliente de la calle. Doblé por Belgrano, compré facturas en Los Tres Indios, volví a casa a tomar mate con Vanina y avanzar con unas desgrabaciones bastante tediosas que tenía que entregar con cierta urgencia.



Bueno, obvio.



viernes, 28 de diciembre de 2012


Una luz al otro lado del espectro



Cuando uno habla con gente relacionada de algún modo con la literatura (escritores, lectores, editores, etc.) nombrar a algún autor que nos gusta mucho da lugar a comparaciones que después se transforman en polémicas. Los ejemplos típicos son el river-boca Borges/Cortázar o el central-ñuls Vargas Llosa/García Márquez.
Las polémicas suelen ser más virulentas y enredadas cuando se trata de un autor local que está vivo. Es decir, de un tipo de carne y hueso que uno puede cruzarse por la calle, saludar o des-saludar, un tipo (una tipa también, obvio chicas) que interactúa más o menos en el mismo ámbito que nosotros y que entonces se expone a impugnaciones que van mucho más allá de lo literario.
Muchas veces, al elogiar a Juan Manuel Alfaro, he tenido que soportar opiniones que están más cerca del puterío barrial que de la apreciación estética, sobre todo de gente más joven que se supone está llamada a “renovar” la literatura local (renueven, chicos, que a eso los llama el destino).
Una de las pocas virtudes que tengo (si no es la única pega en el palo) es que el puterío me importa tres soretes, y eso me ha permitido seguir disfrutando de uno de los poetas más sensibles y profundos que haya leído. Me ne frega que sea de otra generación, y de otro palo, y que viva a ocho cuadras de mi casa.
Durante este 2012 que se va, muchas mañanas mastiqué un soneto suyo junto al primer lucky del día. Y después de la emoción venía la pregunta: cómo hace este tipo para escribir así. Cuando lo leo siempre me pasa lo mismo, es una claraboya por donde entra una luz infrecuente y bienvenida. Una luz que está al otro lado de mi espectro habitual.
Juan Manuel Alfaro nació en Nogoyá en 1955. Siempre me pide que deje de tratarlo de usted y no me sale. Hemos compartido un par de cafés y nos debemos un par de alcoholes. Tiene una hija que toca el acordeón, un hijo que toca el piano, siete u ocho libros editados, muchos premios y esas cosas.
Con permiso del susodicho (tengo testimonios que lo corroboran) quiero compartir con los lectores de interpósita (son tan pocos que me tienta nombrarlos) un poema sobre el 31 (recién horneado) que me mandó por correo como regalo de fin de año. Tiene olor a pan caliente. Y con esto zafan de mis depresivas proclamas anti-fiestas.



31 de diciembre
                 


No te ha de ser nada fácil, 31, tener que estar ahí, teniendo la vela hasta las doce,
sintiendo que todos quieren sacarte de encima, ¡borrón y cuenta nueva!, ¡correte!, ¡dale, salí!,
que viene el nuevo, el nuevito, el nuevecito, con todas las esperanzas sin usar,
con los buenos deseos y las tarjetitas pintadas y las luces como almitas de colores, intermitentes,
ahora sí, ahora no, como los instantes de felicidad,
como todas las eternidades de una vida, ahora sí, ahora no,
y los fuegos, los altos fuegos, burbujas de lo bello y fugaz y nuevamente bello…

No te ha de ser nada fácil, 31, conservar la dignidad hasta el final,
estar de servicio hasta las doce y saber que habrá campanas que sonarán sin vos,
y abrazos y lágrimas y sueños que se abrirán como guirnaldas,
como fuentes, como cintas desprendiéndose en la música,
cuando las copas alcen su fiesta hacia los fuegos,
los altos fuegos en los que la fugacidad ofrenda su belleza.

No ha de ser fácil, 31, tener que irte así, sin recibir un  gesto de gratitud,
una mínima atención en reconocimiento por haber estado todo el año en esa punta,
sosteniendo la cuerda por la que pasito a paso
desfilaron los días, efímeros equilibristas:
los torpes lunes lánguidos,
los martes cautos,
la cúspide del miércoles
y ese deslizamiento de los jueves:
los pies ligeros, ya, de la semana,
sin abismos,
hasta el domingo y sus ropas vespertinas.

Fijate que muchos ni siquiera nos habíamos dado cuenta
de que, esta vez, eras lunes
aunque envuelto con otros adjetivos, tan apurados,
tan apretujados en la multitud,
entre los paquetes y los celofanes y los moños
y los que te pisan un pie sin un perdón, ni nada…
Un lunes suelto, sin engarce, sin continuidad…

¡Y pensar que sostuviste la cuerda todo el año!
Es cierto que hubo instantes en que el mundo se nos murió en las manos,
pero también hubo otros en que sentimos
que podíamos renovar el corazón, indefinidamente.

Por eso, antes de que las copas alcen su fiesta hacia los altos fuegos de los deseos simples y profundos
(“lo primero es la salud”, decía mi madre; y el amor, la amistad y la alegría)
y nuestras almitas de colores, intermitentes, ahora sí, ahora no, abracen por un instante iluminado el mundo,
y te vuelvan a asignar de nuevo el poste remoto, casi invisible ahora, te quiero agradecer, 3l de diciembre,
en nombre de todos los que quiero, que estés ahí, sosteniendo la otra punta de lo efímero, para que caminemos desprendidos en la belleza de la vida, como si fuera cierto que renovamos el corazón, indefinidamente.



Juan Manuel Alfaro
Paraná, diciembre 2012




También desde Islandia (a ocho cuadras de mi casa) los Sirkus Bjøver nos desean un feliz final/comienzo de año.



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