sábado, 16 de agosto de 2014

Catorce días







Lo llamaron Abderrahman. Igual que su tatarabuelo Abderrahman II, cuarto emir de Córdoba. Igual que su recontrachozno Abderrahman I, primer emir de Córdoba. Estirpe omeya de hombres longevos. Descendientes directos de los califas de Damasco. Amos durante siglos del territorio de al-Andaluz.
Nació el 7 de enero del 891. Su padre, el infante Muhammad, murió veinte días después apuñalado por un hermanastro. Su madre, Muzainna, era una concubina cristiana que integraba un harén secundario de mujeres no musulmanas. De ella heredó los ojos celestes, la piel cetrina, y ese donaire que mil años después Rafael Alberti, refiriéndose a la cadencia de Lorca, llamaría garbo andaluz.
Abderrahman pasó la infancia entre harenes, sub-harenes, eunucos, todo tipo de sirvientes. Fue la luz de los ojos de su abuelo, Abd Allah I.
A los trece años sufrió su primer ataque de epilepsia. Una forma leve, no convulsiva, que había sido común entre los faraones egipcios y que por eso llamaban “enfermedad sagrada”. Una característica recurrente entre los que padecen esta forma de epilepsia es la personalidad metódica, la obsesión con el orden y la planificación.
Abderrahman necesitaba registrarlo todo. Lo que había hecho durante el día. Lo que haría al día siguiente. El balance entre lo planeado y lo concretado. Incluso el grado de felicidad que ese balance le provocaba.
En el año 912, cuando murió Abd Allah I, el poder del emir se extendía poco más allá de los suburbios de la ciudad. Una serie de intrigas de las que fue ajeno, y la preferencia del abuelo, llevaron a Abderrahman a ocupar el trono. Tenía 20 años. El tío Almudhaffar, segundo después del primogénito asesinado, tenía todos los derechos para reclamar el lugar de su padre. No lo hizo. Acató la autoridad de su sobrino y se convirtió en el organizador y general de los ejércitos que llevarían al emirato de Córdoba a dominar casi toda la península ibérica, y a ser el centro neurálgico del imperio musulmán en occidente.
Abderrahman III reinó durante 50 años, 6 meses y 2 días. Durante ese período Córdoba se convirtió en la principal ciudad de Europa, con mil seiscientas mezquitas y un número similar de baños públicos, setenta y seis bibliotecas, la universidad más prestigiosa de occidente. Registros no fiables dan cuenta de un millón de habitantes. Fuentes más fiables (Muñoz Molina, Laura Bariani) hablan de seiscientos, setecientos mil.
Fue cruel cuando pensó que era necesario. Hizo ejecutar por traición a un hijo suyo, en presencia de toda la corte. Hizo quemar la cara de una favorita muy bella que osó una mueca de rechazo. Fue magnánimo, justo, generoso, se dice, más veces de las necesarias. También se dice que fue el hombre más instruido en derecho de la época, y un gran poeta, y un férreo defensor de la ortodoxia islámica.
Tuvo todas las mujeres que se le antojó. Se calcula que unas cuatrocientas pasaron por sus harenes. Parece que amó sólo a una, al-Azhara. La eternizó en el nombre de Medina al-Azhara, la impresionante ciudad que construyó para obtener el rango de Califa. Reconoció veintisiete hijos de los más de cien que se le imputan.
Dedicó los últimos años de su vida a repasar las páginas en las que había registrado proyectos, deseos, fracasos, pensamientos, sentimientos, día a día, durante décadas. Miles de páginas, que daban lugar a nuevas páginas en tono de balance. El viejo ya no podía escribir. Entonces dictaba.
El 13 de octubre del 961 el hombre que vivió setenta años y tuvo todo, manejó todo, registró todo, dictó:
He reinado durante cincuenta años en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos, respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce.
Después se comió varias perdices, y a los dos días murió.







otros que vuelven, la vieja banda colombiana de ska Los Elefantes, con un disco de covers llamado grandes éxitos de otros. en esta versión del clásico just a gigoló se atreven al peligro de traducir la letra. el resultado es sutil, irónico, perfectamente literal.




domingo, 2 de marzo de 2014

Dos centímetros y medio





El padre era duro, áspero, afectivamente inexpresivo. El apellido le pesaba toneladas. Había decidido educar a su única hija como una heredera perfecta. Una princesa perfecta. Una reina perfecta.
La hija se sometía sin demasiada rebeldía. Tomaba clases de piano, pintura, idiomas y modales. Iba a las fiestas que le indicaban, hablaba con las personas que le señalaban. Quiso estudiar medicina. El padre fue terminante: su destino era el matrimonio. Tenía una válvula que eran los libros. Leía en cada minuto libre. Era feliz leyendo. Todo lo demás era cumplir mandatos.
A los 18 años sucedió algo inesperado. El padre le regaló un libro: Histoires extraordinaires, de Edgar Allan Poe. Traducido al francés por Charles Budelaire.
Fue un orgasmo.


El padre se llamaba Roland y esa rama del apellido moriría con él. El apellido que pesaba toneladas era Bonaparte.
Era nieto de Lucien, el hermano libertino y bisexual del emperador. Dedicó su vida a limpiar esa mácula genealógica. Fue miembro de la Academia Francesa de Ciencias, presidente de la Sociedad Francesa de Geografía. Se había casado con la dueña del casino de Montecarlo y de la Sociedad de Baños de Mar de Mónaco. A menos de un mes de ser padre quedó viudo.
La hija creció educada por una abuela Napoleona, déspota, bruta y sobreactuada, hasta que el padre le consiguió un buen partido: el príncipe heredero de la corona de Grecia y Dinamarca.


La hija se llamaba Marie. Ya tenía todo Poe en francés, inglés y alemán, y las pocas biografías que había entonces. Estaba escribiendo su propio libro sobre el genio.
El príncipe heredero se llamaba Jorge. Resultó noventa y ocho por ciento borracho y cien por ciento puto. Marie había sido educada para cumplir roles y se las arregló para darle dos hijos. Mientras tanto se revolcaba con guardias, soldados, ministros, embajadores.
Con ninguno lograba alcanzar el estado paroxístico que sus compatriotas llaman orgasme o petit morte, y que ella definía como volupté.
Se puso a investigar. Todo el conocimiento de la época estaba marcado por el tabú y la moralina judeocristiana. Los estudios más serios abordaban sólo el costado anatómico. Marie pensó que la cosa iba por ahí.
Con ayuda de uno de sus amantes, el cirujano Josef Halban, consiguió entrevistar a casi trescientas mujeres y tomarles ciertas medidas. Llegó a la siguiente conclusión: las que tenían el clítoris a más de dos centímetros y medio del límite exterior de la vulva eran frígidas. El suyo propio estaba a tres.
Halban no estaba de acuerdo en operarla. Pero Marie era una Bonaparte y lo convenció. La cirugía salió perfecta. Y no sirvió de nada.


Desparramada en una chaise longue, Marie estudiaba las paredes del consultorio. Había muchos diplomas colgados, pero el entelado tenía rectángulos oscuros. Era evidente que el doctor había descolgado los testimonios de membresía de las sociedades de las que había sido expulsado.
Marie había llegado hasta ese consultorio recomendada/derivada por otro de sus amantes, el psiquiatra Rudolph Loewenstein, que le había advertido que los métodos de su colega eran heterodoxos, acaso revolucionarios.
El doctor la escuchó con un interés que ningún médico había puesto en su caso. Le dijo que lo suyo no era físico. Contraindicó una segunda cirugía. Le propuso comenzar una terapia con dos objetivos inciertos: bucear en su interior en busca de las causas que bloqueaban el acceso al placer, y prevenir las tendencias suicidas frecuentes en casos como el suyo. La mente busca castigar al cuerpo por no actuar de acuerdo a sus expectativas,
La paciente aceptó la terapia, y confirmó que las ideas suicidas ya habían aparecido.
Era julio de 1925. El doctor se llamaba Sigmund Freud.


Como con Poe, otra vez Marie quedó deslumbrada.
Ya era una mujer grande (tenía 44 años) y decidió ser discípula del maestro.
Fue muchísimo más que eso. Construyó una profunda y potente relación afectiva (se tiene por cierto que nunca fueron amantes), fue confidente y consejera, protectora, traductora, difusora ferviente del psicoanálisis.
Freud le aguantó lo que a nadie: la abierta oposición a sus métodos. Mientras trataba de hacerle ver que aún no había superado la etapa fálica, y que su clítoris era una representación del pene no encontrado, Marie se operó por segunda vez. Otra vez, los resultados fueron nulos.


Mientras traducía al francés las obras de Sigmund Freud, Marie vivió el período más fecundo y satisfactorio de su vida. Terminó lo que se considera la más completa biografía analítica de Poe, tres volúmenes que organizan la obra en clave psicoanalítica, y un cuarto que introduce la lente de Budelaire. Escribió La sexualidad de la mujer, un estudio pretencioso y asistemático, y el delirante y delicioso Cuadernos Negros, donde escracha a sus amantes con bastante sadismo, con mediciones de tiempo, longitud, etc.
Prefería atender a sus pacientes al aire libre, tomando el sol del invierno o la sombra del verano, tejiendo intrincados puntos de croché. Ayudó a muchas mujeres a sentir lo que ella, según su propio testimonio, nunca sentiría.
Ejercía sus funciones protocolares a la perfección. Fue una princesa componedora, generosa, querida por casi todos los que la conocieron. Dio refugio a cientos de personas durante la guerra. Entre ellos a su propio maestro y familia.
Freud no logró reestablecer los circuitos del placer, pero sí detener las tendencias suicidas. Marie murió a los ochenta años en su casa de Saint Tropez de un ataque al corazón.
Algunos postulan que la sensación de tener razón, de acertar una hipótesis es en un punto comparable a la del orgasmo. Ni siquiera ese endeble sustituto le fue concedido a Marie Bonaparte.
Primero Alfred Kinsey y después los inefables Master y Johnson la reivindicaron como pionera de la sexología.
Actualmente se considera que la distancia adecuada entre el clítoris y la pared de la vulva es de dos centímetros y medio.




viejita la vega (quién no) pela esa cosa de lija fina que desarma




martes, 26 de noviembre de 2013

El genio







Hacía meses que se murmuraba lo del arreglo. El rey Enrique IV iba a casarse con una puta.
María de Médicis desembarcó en Marsella el mediodía del 3 de noviembre del 1600. Traía un séquito de 2000 soldados y sirvientes y todo tipo de objetos suntuarios. Había exigido llegar a mediodía para enfrentar los rumores con su mirada arrogante y chocarrera.
El pueblo confirmó que era una puta. Pero no cualquier puta. Llegaba para darle a Francia un varón que heredase el trono, y sobre todo para equilibrar una deuda astronómica que la casa Borbón mantenía con los banqueros florentinos, hartos de dinero y ávidos de nobleza.
A partir de entonces María (por extensión los italianos) fueron señalados como responsables de cada costumbre libertina de la corte, que ya era un relajo antes, y de la introducción de excentricidades como el tenedor, el velocípedo, o la posición sexual contra natura que empezaron a llamar con una cifra indicativa de la postura corporal, y que rápidamente se puso de moda.


Ciento ochenta y nueve años después las excentricidades eran mucho más excéntricas. Por primera vez en siglos Francia no era gobernada por un rey. El último, Luis XVI, estaba preso. Y pronto sería decapitado.
En las calles pululaban oradores que proclamaban ideas de toda calaña. Entre los dantones y los desmoulines apareció el abate Rougemont.
Rougemont había sido un cura alcohólico y disoluto que se había rescatado para convertirse en fanático revolucionario. Se sabe: nada más talibán que un converso o un ex fumador. Su prédica era moral: terminar con todos los hábitos corruptos que había dejado la monarquía.
Y un día la emprendió contra el número nefasto que abroquela los cuerpos en un enredo demoníaco y puede ser practicado por igual entre un hombre una mujer, dos hombres o dos mujeres.
Hubiera pasado por un chiflado moralista si no fuera por los tiempos. El aire a todo nuevo, todo por discutir, todo por construir –—que como siempre duraría lo que un pedo. Los jacobinos prohibieron la práctica del intríngulis con pena de cárcel. Los desacatados fueron acusados de monárquicos, algunos terminaron efectivamente presos.


Pero si Rougemont era un descosido, Jean-Marie Valdoup era el roto que nunca falta.
Escribió un delirante panfleto de 14 páginas y se paró en otra esquina a vociferarlo. El panfleto se titulaba Denuncia de un engaño puritano, y sostenía que prohibir la posición prohibida iba en contra de la revolución.
Su argumento: el intríngulis no era un invento de la monarquía ni de los italianos actuales. Se venía practicando desde los tiempos de la antigua Roma, con el mismo nombre y la misma felicidad.
Valdoup citaba poemas de Catulo, Ovidio y Plauto, y tuvo sus diez minutos de fama. La gente le creyó alborozada. Se hablaba públicamente de la cuestión. La práctica se retomó con mayor vigor.
Pasaron los meses. La fama de Valdoup se fue apagando. El ala jacobina fue eyectada del gobierno. Napoleón ya se estaba frotando las manos.


Todos los demás quedaron como idiotas.
El genio no publicó ningún panfleto. Se paró en una esquina a predicar lo evidente: durante casi un año todos había sido idiotas. Si con la misma idiotez apoyaban el proceso político, el futuro de la revolución era inconsistente.
Su argumento era muy, muy sencillo. Le habían creído a Valdoup sin percatarse que en notación romana 69 se escribe LXIX, una grafía que ni por asomo sugiere posición sexual alguna. Hay que decir que por esos días la notación romana ya se daba en los colegios. Y que muy pocos iban al colegio.
El gobierno del Directorio pronto hizo realidad el pronóstico del genio sobre la revolución.
Respecto de las consecuencias políticas de la idiotez, la misma historia que no registró su nombre se encarga todo el tiempo de darle la razón.



maestro ed motta, dando cátedra




miércoles, 6 de noviembre de 2013

La duquesa de Ontario





Al fin, en 1865, vino al mundo el primer hijo varón de Matthew Dowdy Shiell. Su mujer, una mulata de Barbados, ya le había dado nueve nenas.
Shiell vivía en la isla de Montserrat (Sotavento, Antillas Menores), era rico, y estaba la mar de contento.
Después de armar una fiesta de cuatro días compró una islita vecina, un peñón de 2 km cuadrados que llamaban Isla Redonda. Redactó un documento en el que se autoproclamaba rey y establecía que al cumplir los 15 años su hijo, Matthew Phipps Shiell, heredaría el trono y el pequeño territorio.


Cuando Colón pasó por ahí no se tomó ni el mínimo trabajo de desembarcar. No pudo con esa compulsión nominadora y la llamó Santa María la Redonda. Pasaron ingleses, franceses, portugueses y holandeses. A nadie le interesó ese pedazo de roca que emergía de las aguas turquesas.
De los barcos piratas que a las perdidas usaban la Redonda como refugio (tampoco había tanto lugar para refugiarse) bajaron dos hombres y dos mujeres que se quedaron a vivir.
Con ellos arregló el viejo Shiell. El precio fue una suma que les alcanzaba para volver a Inglaterra y establecerse dignamente.


Por siete años la isla volvió a ser territorio de gaviotas, alcatraces, lagartos y ratas.
El descubrimiento de la forma de extracción del fosfato de alúmina del guano de los pájaros hizo que la Redonda cobrara un modesto interés comercial. Antes que otros le ganasen de mano, la corona inglesa la anexó al imperio en 1872.
En 1885 Matthew Phipps Shiell viajó a Inglaterra con dos objetivos: estudiar literatura y reclamar sus derechos sobre la Isla Redonda.


Shiell se metió de cabeza en el ambiente de Londres, y logró que sus reclamos fueran apoyados por la cofradía literaria (entre otros un decrépito Edward Lear).
La reina Victoria le concedió el título y ciertos derechos totalmente simbólicos. Satisfecho al respecto, se dedicó a dar clases y a escribir.
La obra de Matthew Phipps Shiell (26 novelas, 11 libros de cuentos) es hoy relativamente difícil de encontrar, y no ha sido traducida. Abarca desde novelones románticos escritos por encargo hasta novelones realistas ambientados en la guerra. Importan realmente cinco o seis libros, en los que mezcla terror y ciencia ficción. Stephen King suele nombrarlo como una de sus influencias.
El más interesante (no el más exitoso) es The purple cloud, donde Shiell nos mata a todos menos a uno, que seríamos todos.


Ya viejito Matthew Phipps Shiell volvió a ocuparse de la Isla Redonda. En 1947 nombró heredero a un escritor que apadrinaba y consideraba una firme promesa de genio, John Gawsworth. El trono incluía la posesión de el territorio de ultramar situado en el cruce de las coordenadas 16º 56’ latitud norte y 62º 21’ longitud este, y los derechos sobre la producción literaria del rey anterior.
Cuando Shiell faltó de este mundo el nuevo rey empezó a tener problemas económicos. Los libros de Shiell ya no se vendían y el alcohol se llevaba casi todo el presupuesto. Antes de terminar mendigando por las calles de Londres Gawsworth vendió el título varias veces. Eso originó una controversia que aún persiste.


A pesar de los reclamos de un par de personajes hay bastante consenso en considerar al escritor español Javier Marías el monarca actual, que ejerce sus funciones con el nombre Xavier I.
Marías había vivido en Oxford, conocía la existencia del reino de Redonda y en una de sus novelas, Todas las almas, John Gawsworth aparece como personaje.
El también escritor John Wynne Tyson, sucesor de Gawsworth en el trono, decidió abdicar en favor de Marías en el año 1990.
En 2002 el rey Xavier I primero concretó lo podríamos llamar la primera obra de gestión: fundó la Editorial Reino de Redonda. Las primeras obvias ediciones fueron libros de Matthew Phipps Shiell y John Gawswort. Después se especializó en obras laterales de escritores como Isac Dinesen, Thomas Hardy, Rebeca West.


La segunda obra de gestión fue dividir el mapa de la isla en parcelas simbólicas de 1 m2 para otorgar ducados. Potencialmente serían más de 2000. A la fecha se otorgaron 36, que igual convierten a la Redonda en el territorio con mayor densidad de escritores del mundo.
Algunos duques como Ian Mc Ewan (duque de Perros Negros) o António Lobo Antúnez (duque de Cocodrilos) lograron incluso establecer una suerte de domicilio legal en la isla, lo que ha generado suspicacias impositivas.
Las únicas dos duquesas son señoras con todas las letras.
Una (duquesa de Morpho Eugenia) es la novelista y filóloga inglesa Antonia Susan Drabble, más conocida como A. S. Byatt, autora la tremenda tetralogía llamada El cuarteto de Federica y otra veintena de novelas y ensayos críticos.
La otra (duquesa de Ontario) recibió por estos días el nobel de literatura, el más justo y merecido de los últimos tiempos. Cuando una periodista del Toronto Sun le preguntó cómo se había sentido al conocer la distinción, Alice Munro respondió que la había sorprendido que la academia premiara a una escritora de cuentos cortos, y bromeó que lo tomaba como un segundo título de nobleza.
La boluda tituló la nota La reina del cuento corto. Es evidente que no tenía ni idea.
Como siempre, tía Alicia se refería a otra cosa.




tremenda canción tremendo video del dúo canadiense japandroids. tocan en bs as ahora el 10/11. después no digan que no avisé.




viernes, 25 de octubre de 2013

Hombre en la encrucijada mirando con esperanza y grandes miras la elección de un nuevo y mejor futuro







Hace unas semanas traté de resumir el largo y sinuoso camino que desemboca en un libro. Un libro infame, pero mucho más estúpido.
Revisé otros libros, artículos, googleé algunos datos que me faltaban. Omití cosas que me parecieron secundarias, intenté ser conciso. Perdí un tiempo que podría haber usado para algo más interesante como mirar crucero del norte / almte brown o la pelea de moria con la hija o el moco de cabandié.
Todo por el gusto de bardear a mi estimado Floripondio. Así de bicharraca es el ego.
Pero, como dice mi vecina: la vida como te da te quita. Y mi vecina del otro lado: una de cal y una de arena.
Me encontré en la calle con el espíritu más colateral que conozco de cuerpo presente. Como casi siempre, el cuerpo que acarreaba ese espíritu era el del benemérito Pericles Furch.
Hablamos un rato en la vereda (av. Ramírez), delante de uno de esos murales del viejo programa municipal “todas las manos”. En un momento Pericles se quedó en silencio mirando el mural, y después dijo es una lástima, cómo se está descascarando.
Respondí a la altura de mi ignorancia: tampoco es Diego Rivera. Obvia sinapsis mural flechita muralista flechita Rivera.
Se quedó mirándome, tan bizco tras los lentes. La cara una juguetería. Rivera era un forro, un buzón de los yanquis.
Y empezó con esas historias que si no lo parás puede estar horas predicando bajo el rayo del mediodía.
Quedamos en juntarnos a la noche. La cosa no fue gratis. Costó un par de pollos con papas, una botella de llave, un tres litros de grido.
Anoté fechas, nombres, algún verbo. Todo unido con flechitas. Olvidé detalles of course. No corroboré nada, ni tendría por qué.
Lectores de esta ventanita al ojete del universo, Diego Rivera versión Pericles Furch.


Después nacer y crecer bastante y estudiar pintura y yirar un poco por el mundo garchándose lo que se le ponía adelante (sic Furch), Diego María de la Concepción Juan Napomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, alias Diego Rivera, regresa a México.
Apoya nominalmente la revolución (Siqueiros por ej fue oficial, se cargo a varios federales, Orozco también), se posiciona como referente cultural y se hace un lugar entre los fundadores del Partido Comunista Mexicano.
Sin perder la sana costumbre de ejercitar el miembro, durante la década del 20 se aboca a establecer contactos con el poder de su país, con el noble objetivo de financiar su necesidad de pintar sobre grandes superficies. Con generosas comandas de un gobierno que no es ciertamente comunista, comienza a hacerse conocido y medianamente rico.
Mientras tanto en ciudad gótica la casa blanca da los primeros pasos en materia de expansión cultural organizada. Empiezan por el patio. El cicuito es CIA flechita museos fundaciones flechita artistas latinoamericanos. Por el circuito corren dólares, premios, homenajes, publicidad.
Por esos días de 1930 Diego decide salir del cabotaje. Acepta (12.000 dólares, ahora habría que multiplicar por 10 o más) pintar un mural en la embajada de ee uu. Al año siguiente le encargan otro, mejor pago, en la bolsa de comercio de San Francisco.
Ese mismo año el MoMA organiza la segunda exposición de su historia dedicada a un solo artista. El elegido es Rivera. El primero había sido Matisse, lo que en términos artísticos es una inmensa desproporción (sic furch).
Durante esa exposición el comunista Rivera y la trotskista Khalo se hacen amigos de Abby Rockefeller y de su hijo Nelson y de otros príncipes del mundo. A Sigmund Firestone, el magnate de las gomas, le regalan varios cuadros y lo llaman our dear friend.
Completamente chupado por el alcohol y los dolarucos, Rivera pinta los frescos del patio del Detroit Institute of Art, dirigido por un vástago del arquetipo, Edsel Ford. 1932, momento complicado, plena crisis. Días antes, en la represión de una huelga, habían muerto 4 obreros. Rivera mudo pinta lo suyo, donde ingenieros y empresarios aparecen como héroes del futuro. Edsel lo lleva a conocer la fábrica de su padre. Rivera declara que don Ford “no tiene ninguna de las características del capitalista explotador”; y que la fábrica es “tan hermosa como las primeras esculturas mayas o aztecas”.
La apoteosis de la defección llega un año después, con una serie de murales en el Rockefeller Center, en plena construcción. Diego trabaja, por supuesto cobra, y titula: “Hombre en la encrucijada mirando con esperanza y grandes miras la elección de un nuevo y mejor futuro”.
Es como demasiado para el partido comunista, que tampoco son talibanes. Lo expulsan por traidor.
A Diego le viene bárbaro. Se pasa al trotskismo, se hace un poco más de autobombo.
Cuatro años más tarde, Nelson Rockefeller le compra La vendedora de frutas, primer cuadro latinoamericano que pasa el medio millón de dólares.
Llega la fama sólida, la guita grande, las retrospectivas, las itinerantes, las giras por las capitales del mundo. Siempre de la mano de oscuras fundaciones ligadas a la ambición imperial norteamericana.
Llega la viudez que todos sabemos. Siguen llegando las minas y finalmente lo mata un cáncer. Con perdón de las señoras, en el pene.


En el fondo era una historia más de oportunismo. Interesante por el personaje, también por lo paradigmática.
Pero claro, Pericles iba por otro costado. Le importaba tres garchas lo de la fama, la guita, lo jodido que había sido con sus mujeres y otra gente.
Su hipótesis es: ya desde esos tiempos estos hijos de puta deciden qué es lo que hay que ver —por omisión lo que no. Rivera es un buzón glorificado por la CIA para contrapesar y licuar la imagen de Orozco y Siqueiros, más complejos y profundos artísticamente, más testiculares en su compromiso —siqueiros pasaría 4 años preso por “disolución social”. Y es un precedente concreto de las formas de penetración cultural que se venían, música, cine, etc.
Rivera fetiche estético construye una idea de arte latinoamericano funcional al patrocinio. Que se declarase comunista, trotskista o leninista era perfecto. Demostraba lo abierta que era la política cultural en la tierra del progreso y del futuro.
Después cada uno ve y le gusta o no. Pero hay que saber que se trata de una doble imposición: pintor genio y pintor comunista. La de genio podemos discutirla, considerarla o descartarla. Comunista ni a garrotazos.


Hombre en la encrucujada etc etc etc




Inmensa Maki Nomiya, gigante Ysuharu Konishi. el encanto, el epigrama, la onda




viernes, 4 de octubre de 2013

Los protocolos de los ignorantes de mierda






Estábamos hablando con mi amigo Floripondio acerca de un tercero que conocemos ambos, qué mal. Pero bueno, bien, elogiando la cultura enciclopédica (posta) que tiene el tipo y otras cosas.
Floripondio encontraba en nuestro conocido (llamémoslo sin tapujos X) un sólo defecto.
Bajó un poco la voz y me lo dijo:
—No sé si sabés, X es judío.
Yo sabía que X es judío. Capaz Floripondio pensaba que no porque el apellido (sefaradí) no termina en osky ni en of ni en ing ni en ninguno de esos sufijos que la gente identifica con los apellidos hebreos.
Ahí arrancó larga discusión sobre prejuicios y todo eso. Anochecía. Pintó whisky bueno (para un bebedor de blenders del chino) y a Floripondio le pintó confidencia. Bajó otra vez la voz para hablarme de un libro que contenía todas las explicaciones sobre la astucia, la maldad y la ambición de los judíos a lo largo de la historia. Se ofreció a prestarme un ejemplar que guardaba en algún lugar de su casa. Le respondí tres cosas.
a) que ya conocía ese libro.
b) que se fuera a la concha de su madre si se había tragado un discurso tan ingenuo y autoincriminatorio.
c) que leyera el próximo posteo de interpósitapersona.


La historia empieza muy atrás, a principios del siglo XIV, cuando Felipe IV de Francia ordena la destrucción de los templarios y el papa Clemente V ordena la hoguera para el último gran maestre, Jacques de Molay. A partir de ese momento se generan y retroalimentan todo tipo de versiones acerca de la supervivencia clandestina de la orden, que incluso llegan hasta hoy. Pero nosotros nos desviamos en 1614, cuando aparecen los Manifiestos Rosacruces, en los que autores anónimos afirman integrar una sociedad secreta que recoge el legado de los templarios (custodia del santo grial, de los arcanos del templo de salomón, etc.). Los rosacruces, por razones que no viene al caso detallar, irrumpen en el imaginario colectivo con un magnetismo tan fuerte como escurridizo.
En 1789 un oscuro religioso francés, el abate Agustín de Barruel, escribe un librito llamado Mémoires pour servir à l’histoire du jacobinisme, en el que afirma que después de la muerte de Jacques de Molay los templarios se unieron a los masones en una sociedad secreta para destruir la monarquía y la iglesia, e instaurar una república mundial. Estamos en Francia, siglo XVIII. Barruel dice que los referentes de esa sociedad secreta se llaman Voltaire, Condorcet, Diderot. Y que a su vez están controlados por otra organización aún más secreta, Los Iluminados de Baviera, cuyos conductores sí que son diabólicos, regicidas y sobre todo, desconocidos.
Hasta aquí, como se ve, de judíos nada.
Caída la república, Napoleón se interesa por esa secta clandestina, supuestamente tan poderosa, y manda a investigar. Sus informantes no hacen otra cosa que resumirle el libro de Barruel, adosándole las opiniones de un tal capitán Simonini, que relacionaba a templarios y masones con Manes (judío persa fundador del maniqueísmo) y con el mítico Viejo de la Montaña. Se cree que en realidad Simonini estaba preocupado por las crecientes vinculaciones de Napoleón con la burguesía judía francesa. El emperador no da demasiado crédito al informe. Más bien lo oculta, temiendo las reacciones populares en caso de hacerse público.
Pero las versiones comienzan a circular por Europa, y les caen perfectas a los jesuitas romanos preocupados por las ideas anticlericales de Garibaldi y de los Carbonarios, una sociedad secreta ligada al Risorgimento italiano.
Los jesuitas retoman la idea del complot judeomasónico. Los anticlericales responden difamando a los jesuitas.
La literatura se mete de cabeza en el asunto.


El folletín por entregas y las teorías conspirativas están en su momento de gloria. Es la época de Alejandro Dumas.
Semanarios y mensuarios de ambos bandos (jesuitas y anticlericales) se bombardean con historias que no son más que variaciones de una misma: el malo es el otro.
Las más influyentes son El judío errante, del francés Eugène Sue, donde los que aspiran a dominar el mundo son los jesuitas; y Biarritz, del alemán Hermann Goedsche bajo seudónimo sir John Retcliffe, que plagia al Joseph Bálsamo de Dumas pero en vez formar el cónclave de Superiores Desconocidos con Cagliostro y compañía los reemplaza por representantes de las doce tribus de Israel —que intentan conquistar el mundo guiados por el Gran Rabino.
Todo, absolutamente todo, literatura.
En 1873 Biarritz se publica en Rusia. Le cambian un toquecito el título: Los judíos, señores del mundo. Agregan un prólogo en el que afirman que se trata de una crónica verdadera proveniente de una fuente chequeada, el diplomático inglés sir John Readcliff.
Ahí ya es todo un quilombo. La cumbre masónica de Dumas se mezcla con el complot jesuita de Sue. Nace una versión conocida como El discurso del Gran Rabino, que también muta y muta y muta.


El lugar exacto en el tiempo indicado. Pëtr Ivanovich Racovsky, jefe de la funesta Okrana (la policía secreta del zar), antiguo terrorista de extrema izquierda y derecha, decide hacerle un favor a su jefe político, el conde Serguéi Witte, que soportaba la fuerte oposición de un noble llamado Elie de Cyon. Racovsky manda a registrar la casa y encuentra un texto manuscrito en el que Cyon había copiado párrafos de El judío errante, de Biarritz, de El discurso del gran Rabino y de otros folletines, poniendo siempre a los judíos como los malvados. Un ejercicio de plagio como tantos.
Pero Racovsky la vio clarísima. No importaba que Cyon no fuera judío. Lo importante era que sonaba a judío. Y que, exponiendo los planes judíos de dominación del mundo, se autoincriminaba. Sólo faltaba un título. Racovsky supo cómo hacerlo.
Los protocolos de los sabios de Sión, un texto de una ingenuidad pasmosa, con serios errores gramaticales, fue libro de cabecera de Hitler, y aún funciona como fuente referencial del antisemitismo.


Además de ilustrar el estimado Floripondio sobre la cagada de creer en ese libro (ponele que seas antisemita; sélo con argumentos) tuve ganas de resumir esta historia por una razón menos pedante.
Es un lugar común decir que la literatura se alimenta de la realidad y nos la devuelve filtrada por las tripas de cada escritor.
Todo el recorrido hasta la génesis de Los protocolos de los sabios de Sión es uno de esos casos de manual, que verifica que a veces (acá de un modo bastante choto) la realidad también se alimenta de la literatura.





la realidad sigue siendo infumable pero la smowing sigue sacando discos. sube con 113 reproducciones vamos putos que hasta las 200 no paramos









viernes, 30 de agosto de 2013

Los putos primos






Todos sabemos que primos son los números naturales mayores a 1 sólo divisibles por 1 y por sí mismos, y que han sido desde siempre una espina para la matemática.
Aunque se los ha estudiado con cierta profundidad todavía quedan muchas cuestiones sin respuesta. La más inquietante de todas es la absoluta irregularidad con que aparecen en la tabla numérica. 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23 y así hasta el último descubierto (más de 17 millones de dígitos), nunca nadie ha podido establecer un patrón de aparición medianamente lógico. Algunos incluso llegaron a cometer la pérfida apostasía de sugerir que no había patrón alguno.
Pero en 1859 el matemático alemán Bernhard Riemann demostró que los ceros de cierta función de los primos (los conocidos al menos) se distribuían en el conjunto de los números naturales con un patrón indiscutible. La fórmula es compleja pero la representación gráfica llamada paisaje de Riemann es contundente: los ceros de la función Z caen la parte más baja del valle de la curva, espaciados uniformemente a lo largo de una línea recta que llamó recta mágica. A partir de ese descubrimiento Riemann formuló una hipótesis. Y les voló la cabeza a varios.
Muchos se pusieron a hurgar los primos con la esperanza de refutarlo. Uno de esos muchos fue el inglés Alan Mathison Turing.
Después de estudiar cálculo de probabilidades y análisis algorítmico en el King’s College de Cambridge (ganó el Smith Prize en 1936 por un trabajo llamado Sobre la función de error de Gauss), sabía que su objetivo podía llevarle décadas. Entonces decidió usar algunos años para elaborar un artefacto que le permitiese factorear cifras cada vez más grandes, lo que redundaría a la larga en un inmenso ahorro de tiempo. Como no tenía los medios para construir una máquina física concibió una máquina teórica, una suerte de cinta virtual compartimentada que podía recibir infinitas entradas binarias y arrojar resultados combinatorios.
Todos sabemos que en 1939 estalló la guerra. El gobierno inglés también sabía en qué andaba Turing, y lo llamaron para desencriptar mensajes del ejército alemán.
Con todos los medios de la corona a su disposición Turing fue artífice fundamental de la construcción de la primera Colossus, la máquina electrónica que según Churchill “acortó la guerra 18 meses” al permitir a los mandos aliados conocer detalles de movimientos de tropas, suministros etc. El desembarco del ejército norteamericano, por ejemplo, fue proyectado en las costas de Normandía porque se descifró que Hitler lo esperaba en Calais.  Las Colossus (fueron diez, la primera de 1500 válvulas, las otras nueve 2400) son consideradas las primeras computadoras dignas de esa denominación. Sus rollos perforados guardaban tantos secretos que al final de la guerra se destruyeron ocho.
Nueve años después, en 1954, Alan Turing murió en circunstancias bastante turbias. Aunque en el ambiente de elites universitarias la homosexualidad no era mal vista, la ley inglesa la consideraba una tendencia enferma y delictuosa. Turing denunció a un joven de 19 años que le robó un par de cosas de su casa. No dijo que era su amante pero la policía sospechó y le tendió una trampa, obvio un chongo que lo sedujo. El caso llegó a juicio, generó revuelo en la comunidad científica y en la sociedad. En consideración a su prestigio y aportes patrióticos le dieron a elegir: la cárcel o un “tratamiento hormonal para reducir la libido desviada”. Turing eligió esto último y comenzó a someterse a inyecciones de estrógenos que causaron efectos humillantes en un hombre de cuarenta años que siempre había sido deportista.
Junto con el crecimiento de los pechos y la disfunción eréctil apareció la depresión. Se fue volviendo cada vez más ermitaño y hostil y el gobierno inglés (para quien aún trabajaba) comenzó a preocuparse por su estado emocional. Además de homosexual se lo consideraba inestable, con tendencia a la depresión severa. Lo preocupante era que tenía muchos amigos extranjeros, y conocía secretos de estado cuya divulgación se consideraba de sumo riesgo.
Alan Turing amaneció muerto el 7 de junio de 1954. Sobre la mesa de noche había una manzana a la que le faltaba un solo mordisco. La manzana estaba tan impregnada de cianuro que un solo mordisco bastó. El veredicto oficial fue suicidio. Algunos familiares y amigos dudaron, otros directamente hablaron de asesinato. Cincuenta y cinco años después, en 1999, la revista Times elaboró una lista de los 20 hombres y mujeres más influyentes del siglo que terminaba. Turing figuraba en ella, al lado de Einstein, Gandhi, Lennon, Castro y los otros.
La máquina HAL de Clarke en 2001, la MULTIVAC de Asimov en La máquina que ganó la guerra, son recreaciones de la máquina de Turing, cuya influencia literaria atraviesa toda la ciencia ficción, el cyberpunk, y llega hasta la mismísima poesía. En 1960 se constituyó en París el grupo OULIPO (acrónimo de Ouvroir de Littérature Potentielle) autodenominado vanguardista y opuesto al dadaísmo. Los oulipistas, guiados por Italo Calvino, Marcel Duchamp y Raymond Quenau, buscaron nuevas estructuras formales en la poesía aplicando restricciones matemáticas como el test de Turing, la cinta de Moebuis o los fractales de Mandelbrot. Los resultados son tan engorrosos como las propias fórmulas.
En sus últimos años Alan Turing trabajó básicamente en criptografía, y abandonó el proyecto de los números primos.
La hipótesis de Riemann sobre la función Z aún no ha sido refutada y se la da por certera. La naturaleza infinita de nuestra representación del universo (por consiguiente de la numeración) determina que siga siendo sólo una hipótesis.





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